"Not all those who wander are lost."

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martes, 4 de marzo de 2014

Nuestro error favorito.

Todos los seres humanos de todas las razas, países, y edades tenemos algo en común.

Cometemos errores. Cometemos errores todos los días. De todas clases y colores, errores remediables o sin remedio, errores más o menos graves. Pero todos cometemos errores.

Cometemos errores y cometemos los mismos errores una y otra vez. Tropezar con la misma piedra lo llaman.




Y no sé si será verdad eso de que el hombre es el único animal al que le ocurre, pero de lo que sí estoy convencida es de que todas las personas tropiezan, a lo largo de su vida, dos veces con la misma piedra. Y tres. Y supongo que así es el ser humano, que es normal, y que las piedras son necesarias para ayudarnos a aprender de las caídas.

Pero hay algo que no encuentro tan normal. Y me gustaría que alguien resolviera esta pregunta antes de que sea demasiado tarde. Que alguien, por favor, nos explique qué pasa cuando se le coge cariño a la piedra.

Quiero decir, cuando tropezar seis, trece, veinte veces no nos parecen suficientes y sentimos la necesidad de llevarnos la piedra en el bolsillo por si en alguna ocasión todo va bien en nuestra vida por más de una semana y empezamos a echar de menos una caída de boca.



Qué pasa cuando, al cabo de los años, echas la vista atrás y te das cuenta de que la maldita piedra forma ya parte de tu vida. De tu día a día. Cuando ya ni te extraña el hecho de volver a tropezar, cuando las caídas empiezan a ser algo normal.

Y es que es algo que nunca nos explican. Nos hablan constantemente de esos errores que todos cometen, que cometeremos a lo largo de nuestra vida, y nos enseñan como esquivarlos, como librarnos de ellos, como levantarnos cada vez que nos demos contra el suelo.

Pero nadie nos avisa de que, en algún momento, cometemos un error que nos gusta. Un error al que le cogemos cariño. Una piedra que llevamos, que queremos llevar siempre con nosotros y  de la que nadie nos ha enseñado nunca a deshacernos.


Ese error que nos persigue, esa piedra que, si no sacamos a tiempo del camino, acaba acompañándonos durante el resto del viaje.

Pero no, nadie nos avisa, y acabamos yendo así por la vida.

Dando tumbos, cargando con nuestra piedra, y orgullosos de enseñarle al mundo esas marcas de guerra de todas las caídas por culpa del que, muy a nuestro pesar, será para siempre nuestro error favorito.








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