"Not all those who wander are lost."

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lunes, 12 de mayo de 2014

La reina de las causas perdidas

Siempre he pensado que de todas las cosas que aprendemos cuando somos pequeños, a todos hay alguna que nos marca.

Aprender a perdonar, ayudar a quienes nos necesitan, saber escuchar…

Lecciones que alguien nos enseña algún día sin saber que nos acompañarán el resto de nuestra vida y nos harán convertirnos en las personas que seremos en el futuro.

Y, de todas ellas, la mía, esa que tengo presente cada día (para bien o para mal) es la de luchar siempre por lo que quiero.

El motivo por el que mis amigas me llaman cabezota y mis padres desearían que fuera un poco mucho menos insistente. Pero supongo que soy así.




 Que darme por vencida cuando quiero algo de verdad es una opción que ni me planteo. Que cuando se me mete algo entre ceja y ceja son pocas las personas capaces de hacerme dejar de intentarlo. Muy pocas.

Y últimamente he estado dándole muchas vueltas al tema. Y es que me voy dando cuenta de cómo en la vida las cosas poco a poco se van complicando. Y de repente un día ya no estás luchando por conseguir que tus padres te compren un hámster o por que te dejen ir a una fiesta. 

De repente se vuelve todo un poco más complicado y rendirte parece, de pronto, una opción considerable.
Y te encuentras así, cuestionandote todo lo que hasta ahora habías tenido tan claro, preguntándote si de verdad merece la pena seguir esforzándote cada día por conseguir algo que, realmente, no sabes si llegará.





Porque sí, cuando somos pequeños nos enseñan lecciones, esas que todo el mundo sabe y de las que nadie duda.

Pero, por lo menos a mi, nunca me enseñaron dónde está el punto en el que se debe dejar de luchar y resignarte a que las cosas sucedan como tengan que pasar. 

En qué momento dejas de ser la heroína para convertirte en la reina de las causas perdidas.

No me enseñaron en qué punto se debe tirar la toalla, o si realmente hay que tirarla algunas veces. O cuando el amor propio debería poder más que el empeño por conseguir algo.

No me lo enseñaron y, la verdad, no tengo ni idea.

Pero lo que sí sé es que, cuando llegue ese punto en el que tenga que renunciar a luchar por lo que quiero, desearé que, de pequeña, en vez de eso alguien me hubiera enseñado alguna vez a rendirme.



jueves, 8 de mayo de 2014

El camino fácil

Teniendo con mis amigas hace poco una de esas charlas filosóficas sobre los hombres, llegamos a una conclusión. Algo en lo que todas coincidimos (Y creerme que no es fácil). Algo que decidimos que se puede considerar algo así como una especie de verdad universal.

Que los hombres mienten. Mucho. Todos los días.

Que mienten, nos mienten, para conseguir lo que quieren. O simplemente por inercia, ya ni lo sé. 

El caso es que todos (sin ánimo de ofender al colectivo de príncipes azules escondidos en el país de nunca jamás) están programados de esa manera. Programados para averiguar cuáles son las palabras oportunas en cada momento y dispararlas como una granada sobre nosotras independientemente de si estas coinciden o no con lo que realmente están pensando.

Y es ahí donde entramos nosotras a ejercer nuestro papel de detectives analizando cada palabra que sale de sus bocas en busca de cualquier indicio que nos permita desmantelar toda esa farsa que se esconde detrás de un par de frases bonitas sacadas de internet o de su amigo más fucker.






Pero el problema llega cuando no lo encontramos. Cuando no hay nada que indique que mienten, o peor aún, cuando todo apunta a que dicen la verdad. Qué dilema. Y es que nunca es fácil creérnoslo cuando escuchamos salir de boca de un hombre exactamente lo que queremos oír, por que lo que queremos oír casi nunca coincide con lo que ellos querrían decirnos.

Pero, el caso es que por no entrar en una guerra que saben que no podrían ganar, eligen el camino fácil. Eligen el camino fácil y nos mienten. Y nosotras, por no arrepentirnos de haber permitido que un idiota nos hiciera falsas ilusiones (Y por ahorrarnos unos cuantos paquetes de clínex y otros tantos litros de helado), elegimos el camino difícil. Y no les creemos.

Y así hemos terminado. Ellos, tan metidos en su papel de romeo que han perdido su capacidad para distinguir cuando hablan de verdad y cuando están recurriendo a una de esas mentiras tan socorridas y, nosotras, marcándonos investigaciones dignas de CSI para averiguar si es así. 
Investigaciones para comprobar que eso que nos dicen y que tanto nos gustaría que fuera cierto, realmente lo es.

Y yo me planteo, ¿No sería más fácil preguntarles? Pero ni me atrevo a  formularles esta pregunta a mis amigas, por que tengo más que claro cuál sería su respuesta.


Y es que, sí, puede que preguntarles fuera una opción. Pero, para qué gastar más fuerzas. Está claro que Mentirían.



(Para mi amiga C, la eterna desdichada, y para M, la eterna incomprendida, que algún día superarán su odio eterno al género masculino)

sábado, 3 de mayo de 2014

Sobre ruedas

Uno de mis muchos defectos y puede que el más molesto para las personas que me rodean, probablemente sea la necesidad de tenerlo todo bajo control.

Y es que me he pasado años controlando cada detalle de mi vida, sintiendo que yo estaba al mando de cada situación, cada imprevisto y cada persona con la que me cruzaba.

Como si fuera tan fácil como apretar un botón y poder hacer que las cosas sucedieran como yo las había planeado. Como si pudiera levantarme cada día con la capacidad de vivirlo según mis planes. Como si pudiera diseñar mi propia vida y controlar cada segundo que pasaba.





Y creía que ya lo tenía. Creía que había tomado por fin las riendas, que había logrado el control, que todo marchaba según lo planeado. Creía, de verdad, que la vida no podía sorprenderme, que cuando organizas tu futuro de esa manera es imposible que el camino se bifurque.

Pero, para variar, me equivocaba. Y es que pasa el tiempo y crees que vas en buena dirección, que vas cumpliendo tus planes y siguiendo tus esquemas, pero un día te paras en el camino y al volver la vista atrás descubres lo equivocado que estás.

Descubres que tu bola de cristal te situaba hoy, hace unos años, en ese sitio en el que todo iba a estar bien, en el que no existían los problemas y todo en tu vida iba a ir, como siempre, sobre ruedas.

Pero te das cuenta de que ha pasado el tiempo y has llegado, en realidad, a un sitio muy diferente. Que ninguno de tus planes se ha cumplido y que sí, tu vida va sobre ruedas, pero cuesta abajo. Y sin frenos.




Descubres que detrás de esa calma aparente de tu día a día se esconde un caos al que no sabes muy bien como has llegado y del que, por supuesto, no tienes ni la más mínima idea de como vas a salir.

Pero es en ese punto, en plena batalla entre la vida que imaginabas y la vida que has acabado construyendo, cuando te das cuenta de que puede que esté bien salirte de tus planes, aceptar el reto, y afrontar cada día como una continua caída sin frenos.


Y es cuando empiezas a disfrutar cada bajada cuando te preguntas si en realidad, en medio de ese caos, has encontrado, por fin, la vida que querías.