"Not all those who wander are lost."

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jueves, 27 de febrero de 2014

El tonteo

El tonteo. Esa nueva modalidad de cortejo del siglo XXI, en la que dos individuos mantienen conversaciones basadas en decir cosas que no saben por qué dicen, acompañadas de suaves movimientos de pelo que resultan en la mayoría de los casos bastante antimórbicos para el resto del universo.

Y a quién no le gusta el tonteo. Tu me dices, yo te digo, nos reímos, y si estamos borrachos muchísimo mejor.

Pero hoy me apetece analizar esta práctica que debería ser considerada de riesgo en muchas ocasiones.

Y me planteo como se lo describiría a mi abuela si tuviera que explicarle el procedimiento y el objetivo de ésta técnica.

Empecemos por el principio. Chico conoce a chica, se gustan, chico le pide el número a chica, chico agrega a whatsapp a esa chica, y todo empieza con un “Ey, que tal, te acuerdas de mi?”

Y esto es ley de vida, todos los hombres de todos los continentes siguen haciéndonos la misma pregunta vía whatsapp aunque les hayamos visto hace 10 minutos, y realmente piensan que eso les hace interesantes.

Chica contesta: “claro, como olvidarte…Jajajaja”

Aquí haría una breve pausa para explicarle a mi abuela el uso excesivo y absolutamente innecesario que se hace del jajaja en cualquier conversación de tonteo. Y esto es así. Es una regla fundamental, si no pones jajajas por encima de tus posibilidades te quedas OUT de la conversación y eliminado del partido. Y nadie quiere que eso pase.





Sigue la conversación. “Qué tal, ya me echas de menos?” Otra frase que tiene que estar incluída en cualquier conversación de tonteo que se precie. Y lo más fascinante y lamentable es que ahí está ella al otro lado, con una sonrisa de oreja a oreja enviando pantallazos a su grupo de amigas acompañados de un “Flipas tía”.

Otro inciso para explicarle a mi abuela lo que es un pantallazo, y su misión de vital importancia para retransmitir información e intercambiar opiniones entre amigas cuando alguna de ellas está sumida en una de estas increíbles conversaciones.

“Bueno, sobrevivo como puedo jajajaja.” Y te das cuenta de que igual lo del abuso del jaja se te está yendo de las manos. Pero ya está enviado. A esperar.

Sería fundamental explicarle a mi abuela que “esperar” en una conversación de tonteo NO es dejar el móvil y ponerte a hacer alguna de esas actividades de la vida real que tan poco interesantes son al lado de nuestras alucinantes conversaciones, no, esperar es salir de whatsapp para que no vaya a pensar el susodicho que estás siempre en línea, y ponerte a jugar a candy crush mientras esperas la nueva notificación.

“Oye, a ver cuando nos vemos, no?” Vale vale vale, la cosa se pone seria. Y aquí tienes dos opciones. Normalmente nos decantamos por la primera, sólo para chicas solicitadas, bordes, difíciles, o las tres a la vez. Hacerte la interesante. Hacerte la interesante no por que él vaya a pensar que lo eres, (No no, por que sabes que estás ahí contestando a su tonteo con tus jajas y tus cambios de foto cada 3 segundos, lo que te destierra absolutamente del bando de chicas interesantes) simplemente lo hacemos para ponérselo difícil, por que leímos en algún blog de amor que así nos valoran más.

Así que contestas con alguna respuesta elaborada entre 40 personas distintas, con la que ni tu misma sabes muy bien lo que quieres decir y ante la que nuestro querido amigo obviamente no va a darse por vencido.

Si mi abuela aún no se ha dormido ni perdido el interés por nuestras infalibles técnicas para meter fichas on-line, le diría que aquí es cuando él insiste con un par de frasecitas más del estilo de “venga, anda, si lo estás deseando”, y ella desiste en su lucha por entrar en el bando de chicas interesantes y acepta.

Entonces quedan, y más de lo mismo, y risita por aquí, risita por allá, y así el tonteo puede prolongarse durante días, meses, o incluso años, e irse volviendo más absurdo a medida que se va ganando confianza.

Pero, para que no perdiera su fe en la juventud, le diría a mi abuela que en el mejor de los casos, de todo esto acaba naciendo una nueva pareja, cuyos miembros suman entre los dos la inteligencia media del mono adulto, a la que problamente le toque admirar dándose el lote en el semáforo de turno mientras se pregunta cómo pudo perderse ella esto del tonteo.





miércoles, 26 de febrero de 2014

Finales de cine

Si os digo la verdad, nunca me han gustado los finales. Ningún tipo de final. Y oye, que por muchos años que pasen y muchas pelis que vaya a ver al cine, no me acostumbro a que llegue ese momento en el que la pantalla se apaga, las luces se encienden, y la gente se levanta.


Siempre me quedo un rato sentada, viendo a la gente pasar y escuchando sus comentarios sobre la película. Soy así, de reacciones lentas, y siempre lo he sido. Nunca me ha gustado ser uno de esos que se levantan corriendo para salir los primeros, y nunca he sabido por qué, hasta hace poco.


Y esta es mi brillante conclusión: que no me gustan los finales. 

No me gusta que las cosas se acaben, ni si quiera si tras ellas empiezan otras nuevas. No me gusta leer ese “The end” cuando la peli me estaba gustando, y no me gusta que mi acompañante me pregunte que por qué sigo sentada cuando hace 5 minutos que la sala está vacía.




No, no me gustan los finales. No me gustan y no sé como actuar cuando las cosas acaban. Y no se si por falta de madurez o por falta de ganas de madurar, pero soy de esas personas a las que les cuesta aceptar la realidad aunque se les acerque y les de un bofetón en la cara.

Y no creáis que me ha ido mal hasta ahora en mi mundo de colores en el que vivía aferrada a tantas cosas que formaban ya parte de mi, las cosas que me gustaban, que creía me llenaban, convenciéndome de que iban a estar conmigo para siempre.

Pero si algo he sacado en claro de los para siempres en estos últimos años es que siempre terminan. Y por mucho que nos duela, la cruda realidad es que esto es algo más que una frase de quinceañera despechada.

Que siempre terminan. Y no es que nadie te pregunte, no es que tengas elección, no es que puedas impedirlo. Que terminan y ya está.




Y ahí estás tú, sentada en tu butaca del cine comiéndote las pocas palomitas que te quedan, y preguntándote si sería posible gritar “¡otra! ¡otra!”, y que la película empezara otra vez desde el principio.

Pero con los años aprendes que no. Que por mucho que grites, por mucho que te niegues a levantarte, y por muchas palomitas que te queden aún por disfrutar, la peli siempre se acaba. 

Y aquí si que tienes elección. 


O te quedas sentada el resto del día mirando a una pantalla en blanco, o lo aceptas, te levantas, y te vas con la cabeza bien alta y la seguridad de que, en ese mismo momento, en otra sala está a punto de empezar una película mucho mejor.




martes, 25 de febrero de 2014

Las mujeres y el masoquismo


Las mujeres y el masoquismo. Al ritmo de The Lumineers y sin muchas ganas de ponerme a estudiar, no sé muy bien por qué viene a mi cabeza este pensamiento.

Que sí, somos masocas. Masocas en todos los sentidos. Desarrollamos algún tipo de adicción extraña a todo lo que nos hace daño.

Desde idiotas que ni saben ni tienen intención de aprender como tratarnos, y nos hacen daño en el mejor de los casos durante unos meses y, en el peor, durante años enteros, hasta tacones que nos dejan los pies destrozados, pasando por esos vaqueros que tan buen culo nos hacen, que nos negamos a tirar aunque no nos cierren y acaben oprimiéndonos órganos de nuestra anatomía que desconocíamos.





Masocas hasta la médula. Y lo peor es que lo disfrutamos. Nos hemos acostumbrado a vivir de esta manera, a aceptar que hay cosas (y prendas) que, inevitablemente, duelen. Que eso ha sido y será siempre así y que hay que resignarse a vivir con ello.

Acaba la canción de The Lumineers. El modo aleatorio de Spotify se vuelve a reír en mi cara y escucho a César Rodríguez cantando “tendré que conformarme, mientras pueda”.



Y ahí quería yo llegar. Qué pasa si ya no puedo conformarme. Que pasa si ya no quiero.

Que pasaría si nos planteáramos quitar de nuestra vida todo aquello que nos impide ser felices, que pasaría si decidiéramos que ya no aguantamos más al idiota de turno, los tacones de 15 cm, ni los vaqueros que no nos cierran (No, no te cierran, ríndete).



La respuesta es que no tengo ni idea. Acaba mi cación. Esta vez empieza “girls just wanna have fun.” 

No, no tengo ni idea de lo que pasaría. Pero creo que voy a arriesgarme a averiguarlo.



¿Quién se apunta?

lunes, 24 de febrero de 2014

Conversaciones de ascensor

Hace unos días, en un ataque de aburrimiento y rozando el más puro masoquismo, caí en esa trampa en la que todas hemos caído alguna vez: tener el móvil en la mano y que alguna fuerza sobrenatural te haga cerrar el candy crush y hacer eso por lo que tus amigas considerarían que mereces ser lapidada. Ponerte a leer conversaciones antiguas. 








    

Conversaciones de esas que al leer, en el mejor de los casos se te escapa una sonrisa y, en los peores, un nudo en la garganta de esos que cuesta deshacer. Un nudo de echar de menos, de querer retroceder en el tiempo y hacer las cosas bien, y un nudo de darte cuenta de que, en realidad, no sabrías hacerlas de otra manera. 

Y vas leyendo, soltando a veces una carcajada por ese chiste del que te seguirás riendo por muchos meses que pasen, y otras un: "vaya idiota", refiriéndote unas pocas veces a el y otras tantas a ti misma. 

Pero llegas a ese punto del historial en el que algo cambia. Llámalo chispa, esa especie de complicidad entre los dos, esa forma de reiros de vosotros, llámalo X. El caso es que algo se apaga. Y sientes que ésta vez es la definitiva.


Y ya no te sale una sonrisa, y desaparece ese nudo en la garganta, y dejas de echar de menos a medida que vas leyendo y dándote cuenta de en qué se han convertido esas noches de hablar de todo y nada hasta las 3 de la mañana. Esas conversaciones que te tenían riéndote hasta que dolía la tripa se han acabado convirtiendo, inevitablemente, en conversaciones de ascensor.




Conversaciones por cumplir, no se muy bien si con el otro o con nosotros mismos, por sentir que no rompemos del todo ese lazo que a lo mejor no estamos aún preparados para deshacer, conversaciones de saber que estamos bien, que seguimos ahí, que sobrevivimos el uno sin el otro y que hasta nos va todo un poco mejor.

Ese "qué tal?" "Bien, tu?" cada 10 días, que tan poco me gusta y sobretodo, tan innecesario encuentro. Pero ahí estamos. Hablando del mal tiempo del fin de semana, o de la pereza que te da ponerte a estudiar. Colando alguna pregunta digna de Sherlock Holmes que pretende averiguar si alguno de los dos ha sido reemplazado ya por alguna pobre víctima que no sabe donde se mete.

Conversaciones de hacer como si se nos hubiera olvidado lo que éramos el uno para el otro, conversaciones para consolarnos, para sentir que aún formamos aunque sea una esquina diminuta de la vida del otro. Conversaciones en las que esperamos entre jaja y jaja que alguno de los dos ponga ese punto y final que hace tiempo nos sobrevuela y que ninguno se ha atrevido a dejar caer sobre el papel.



Pero, como en todas las conversaciones de ascensor, antes o después uno de los dos se baja.

Suena la campana, "un beso, ya hablaremos". Dejas de leer, y te das cuenta de que la próxima vez elegirás, sin duda,bajar por las escaleras. 

martes, 18 de febrero de 2014

El día que me vaya

El día que me vaya sólo te pido una cosa. No busques un culpable de mi huida. No pienses en motivos ni en rescates, no vuelvas la mirada en mi dirección ni intentes retenerme en uno de tus muchos actos de falsa valentía que solían crearme esa esperanza que tan poco me duraba.









El día que me vaya no pienses en todo esto. No pienses, por favor, en qué habría pasado si hubieras cambiado tus palabras, cumplido tus promesas o entendido mis enfados porque, el día que me vaya, espero que sepas que ya lo habré pensado yo por los dos.

El día que me vaya no creas que se trata de otro arrebato de los míos que espera, como casi siempre, que vengas, como casi nunca, corriendo a por mi mientras prometes que ésta vez todo ha cambiado.

El día que me vaya sabrás que sí ha cambiado. Que ha cambiado la voz de niña tonta con la que acostumbraba a decirte que sí a todo, ha cambiado mi prisa por recibir esos mensajes que solían llegar siempre tarde, y ha cambiado mi forma de mirarte con paciencia cada vez que tus actos contradecían tus palabras hasta el punto de hacerme creer que estaba volviéndome loca.





El día que me vaya espero, y lo espero de verdad, que sepas que el loco eres tú. Loco por pensar que iba a estar así eternamente, sentada en el bordillo viéndote ir y venir a toda velocidad por que realmente pensaba que esos cinco minutos de parada que me dedicabas eran suficientes como para esperarte durante días. Loco por dejarme escapar y loco si piensas que puedes hacerme volver. Y por muchas cosas más que vendrán a tu cabeza el día que me vaya.




El día que me vaya si de algo han servido tantos días de no irme será para que entiendas que me he dado por vencida. Y dicen que las batallas sólo se pierden cuando se deja de intentarlo. Así que sí, el día que me vaya definitivamente perderé. Perderé una guerra que ni tu ni nadie me preguntó si quería empezar y a la que a estas alturas sabrás que me enfrentaba sin más armamento que la esperanza de que ganara el más fuerte. Por que, sí, la más fuerte soy yo, y el día que me vaya sabrás que lo soy y que luché hasta el final para sacarte de tu mundo en el que vives convencido de que nada de lo que haga por ti será nunca suficiente.




Y es que el día que me vaya no se si sabrás que luché contra tu orgullo con todas mis fuerzas, incluso me arriesgaré a irme sin saber si piensas que mi esfuerzo mereció la pena, pero si sé que, el día que me vaya y te deje disfrutando tu victoria, lamentarás no haber sabido pedir a tiempo la tregua.

El porqué de las cosas que nadie entiende.

Cuando tenía 10 años, mi madre me regaló una de esas “enciclopedias divertidas para niños” que tanto aborrecía cada cumpleaños. No me molesté ni en analizar la portada, lo aparté mirándola con un desafiante “no, esta tampoco voy a leérmela” y me dirigí a abrir el resto de regalos. 

Días después, apareció entre papel de regalo en el suelo de mi cuarto. Ya estaba dispuesta a dejarla en un lugar privilegiado de la estantería de los libros que nunca leo, cuando me fijé en el título.

Lo leí un par de veces mientras se dibujaba una sonrisa en mi cara que predecía que aquel libro tenía algo que me iba a gustar. Un título que, sin duda, marcó un antes y después en la historia de las enciclopedias divertidas: EL POR QUÉ DE LAS COSAS.

Pasé la tarde embobada entre sus páginas, haciendo descubrimientos increíbles que me llevaban cada dos minutos al cuarto de mi hermana pronunciando un orgulloso: ¿pues sabías que….?

Y ahí empezó todo. Se convirtió en un esencial en mis maletas, mochilas, noches de lectura y alguna que otra sala de espera.

A cada página que pasaba me sentía un poco más sabia. Al principio iba leyendo ordenadamente, de capítulo en capítulo, apuntando en una libreta todo aquello que pudiera impresionar a mis amigas, sin mencionarles, por supuesto, que mi repentina sabiduría procedía de una enciclopedia infantil.



Pronto cambió mi forma de leerla. Dejé de ir por orden, y empecé a usar una nueva técnica. Consistía en plantearme una pregunta, ir al índice, comprobar que mi libro contenía una respuesta para ella perfectamente explicada, y proceder a leérmela. Me gustaba esta forma de leer por que casi siempre, si no siempre, encontraba entre sus páginas las respuestas a mis múltiples preguntas. Y así descubrí por qué los pájaros cantan, por qué soñamos cuando dormimos, o de dónde salen las olas del mar (Una de mis respuestas favoritas que explicaba algo sobre los estornudos de las ballenas y cómo éstos hacen que se mueva el agua.)

Pero pronto dejó de interesarme. Y no dejo de interesarme como dejan de interesar los juguetes viejos con los que ya hemos jugado, o la ropa que ya nos hemos puesto muchas veces.

Empezó a dejar de interesarme cuando mis preguntas dejaron de encontrar su respuesta entre sus páginas.

Y es que, poco a poco, el por qué de las cosas, fue adquiriendo un sentido completamente distinto en mi vida. Ya no me parecía fundamental conocer el significado de cada bandera, el origen de mis costumbres, o las historias sobre ballenas.


Podría decirse que la vida fue cambiando mis preguntas pero no me cambió el manual, y mi viejo amigo EL POR QUÉ DE LAS COSAS se convirtió en un libro más cogiendo polvo en la estantería.

Pero decidí buscar. Buscar un nuevo manual que me pusiera las cosas igual de fáciles, en el que sólo tuviera que buscar un poco para solucionar cualquier duda que me asaltara.

Y sí, encontré manuales. Manuales para “adultos”, que me ofrecían recetas de cocina, lecciones de bricolaje, o tutoriales para aprender a tocar instrumentos que ni conocía. Muchas preguntas resueltas en muchos libros de respuestas, pero ninguno contenía las que yo me empeñaba en encontrar.

Ningún libro me explicaba por qué nos decepciona la gente en la que más confiamos, por qué a veces cuesta tanto perdonar, o por qué tenemos que decir adiós a nuestros seres queridos.

Así que decidí crear mi propio manual. Una especie de instrucciones para vivir, que me permitieran entender el por qué de cada giro inesperado, de cada decepción y de cada golpe que me diera la vida, para poder estar siempre preparada y protegida por una especie de escudo ante las adversidades

Y pensé en todas mis preguntas, en todo aquello que quería dejar perfectamente analizado y explicado en mi manual. Pero ocurrió que no encontré las respuestas que buscaba. Y pregunté, y busqué en los demás, y en mi misma, y observé y analicé todas las cosas que no entendía, y tras darles muchas vueltas llegué a la conclusión de que, la mayoría de preguntas que me hacía, no tenían ni iban a tener nunca una respuesta.

Así que tuve que asumir que los manuales quedaron atrás con los dientes de leche, y que si iba a seguir haciéndome preguntas me arriesgaba a seguir fracasando en mi búsqueda de respuestas. Y decidí seguir con mi vida, esquivando los baches esquivables y cayéndome de boca en los que no ofrecían una posible escapatoria. Pero un día leí algo que me hizo pensar.

Vi escrito en algún sitio la siguiente frase: “Si no encuentras respuestas, lo mejor es que dejes de hacerte preguntas.”

Y tras mucho analizarla me doy cuenta de que me niego a vivir así. En parte por que nunca he sido muy de conformarme y en parte por que eso de “vivir deprisa para no pensar” no va conmigo. Y es que puede que prefiera vivir despacio y pensando mucho, puede que me guste analizar cada situación que se me presenta aunque muchas veces salga mal parada de las batallas que suelo emprender contra mi misma en busca de respuestas y puede, también, que me haya acostumbrado a vivir haciéndome preguntas.



Así que suelo ir por la calle con los ojos bien abiertos, el manual preparado, y la seguridad de que, sean cuales sean las respuestas que buscamos, el primer paso para encontrarlas es no dejar nunca de hacernos preguntas.