"Not all those who wander are lost."

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domingo, 22 de noviembre de 2015

Cualquier tiempo pasado



Dicen que no hay nada más humano que echar de menos. Que es parte de la vida, que vivimos diciendo adiós cada día a cosas sin las que, en algún momento, pensamos que no podríamos vivir.

Pero para bien o para mal, y por mucho que duela algunas veces, nos toca darnos cuenta de que la vida tiene sus fases. Y es inevitable, para avanzar, decir adiós.

Despedirnos de etapas más o menos importantes. Etapas que nos marcan, que nos hacen crecer, que nos llevan un paso más cerca del camino correcto. O del equivocado.

Pero aún así, nos duele. Nos duele despedir momentos, recuerdos, personas. Decir adiós, en definitiva, a la persona que hemos sido con ellos. A ese trozo de nosotros que sabemos que se quedará por el camino. A esa parte de nuestra vida que, aunque queramos, sabemos que no podremos recuperar.

Y es que aunque queramos avanzar deprisa para pensar lo mínimo, aunque intentemos girar la cabeza para no ver todo lo que dejamos atrás, siempre llega un momento en el que lo hacemos. 

Un momento en el que las circunstancias nos obligan a parar en el camino y mirar a todo aquello que perdimos por seguir avanzando. Y nos invade, sin querer, esa sensación de que no podía tener más razón aquel que dijo una vez que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Y echamos de menos, por su puesto. Y deseamos que alguien hubiera inventado un botón para volver hacia atrás, y poder recuperar esa persona que fuimos en algún momento. Que volvieran esas ilusiones y proyectos del pasado, esa felicidad que hoy sentimos que se quedó por el camino.

Pero no podemos. Y, en el fondo, sabemos que no queremos. Porque volver hacia atrás supondría perder, nos guste o no, todo lo que tenemos ahora. Perder todo aquello que hemos conseguido, todo lo que nos ha hecho ser la persona que hoy somos y nos sigue haciendo, a día de hoy, crecer para llegar a ser alguien mucho mejor.

Así que puede que no, que cualquier tiempo pasado no fuera mejor. Que, simplemente, fuera distinto. Y puede que hayamos avanzado, que hayamos dejado atrás tantas y tantas etapas que, por supuesto, nunca olvidaremos.

Pero gracias a ello podemos decir que hemos construido un presente que supera con creces cualquier tiempo pasado, y que vamos camino a un futuro lleno de oportunidades que nos hagan darnos cuenta en algún momento de que lo mejor, aunque no lo supiéramos, estaba aún por llegar.


Camper! //:

martes, 1 de septiembre de 2015

Tener poder


“Tener poder es que te digan que no eres querido, y que ello no consiga destrozarte”

Lo leí hace unos meses buscando no se qué por internet y me sorprendió que se pudiera encontrar una verdad como esa en una frase de Madonna. Pero parece que la mujer sabía de lo que hablaba. Y con frase de Madonna o sin ella sumo esta a mi lista de lecciones aprendidas.

Siempre he pensado que en una sociedad como la nuestra en la que parece que la opinión de los demás lo es todo, es cada vez más difícil valorarse por uno mismo.

Quiero decir que parece cada día más que lo que uno es sólo depende de lo que los demás ven en él. Que lo que uno vale sólo depende de la capacidad de los demás para valorarle. Y ahí está el problema.

El problema es que si para aceptarnos necesitamos sentirnos aceptados por los demás, empezamos a vivir intentando agradar a todo el mundo para sentirnos seguros, y así vamos perdiendo poco a poco lo más valioso que tenemos. Nos vamos perdiendo a nosotros mismos.

Dejamos de ser quienes realmente somos, con todas nuestras faltas y nuestras imperfecciones, para esforzarnos cada día en llegar a ser esa persona perfecta a la que todos admiren y nadie critique.

Y esto al final no hace más que alejarnos de la verdadera felicidad, porque lo cierto es que esa persona no existe. Y esa es la realidad, que por mucho que cambiemos, por mucho que finjamos y por mucho que actuemos, nunca vamos a poder agradar a todo el mundo.

Y no es fácil, y hace falta ser valiente para reconocer que siempre habrá gente, posiblemente mucha gente a la que no le gustemos. Porque siempre es difícil aceptar el rechazo de los demás, asumirlo sin plantearnos qué es lo que hay mal en nosotros que no aceptan los que nos rodean, y que deberíamos cambiar.

Pero mirándolo desde otra forma, alejándonos y saliendo de nosotros mismos nos damos cuenta de que a lo mejor hemos vivido equivocados todo este tiempo. Que a lo mejor no hay nada malo en nosotros. Que no hace falta cambiar nada, que estamos bien tal y como somos.

A lo mejor hace falta darnos cuenta de que lo verdaderamente importante no es ser querido por todos, si no quererse a uno mismo como el que más.

Porque puede que sí, que Madonna tenga razón. Puede que tener poder consista en dejar de intentar cambiarse para sentirse querido, aprender a quererse por uno mismo, y ser capaz de centrarse en aquellas personas que, por extraño que parezca, nos quieren tal y como somos.




miércoles, 3 de junio de 2015

En busca de la felicidad


La mayoría de personas nos pasamos los días pidiéndole cosas a la vida. Pedimos que nos vaya mejor en los estudios o en el trabajo. O en las dos cosas. Pedimos que mañana haga mejor tiempo y que no encontremos atasco. Que gane nuestro equipo y pierdan todos los demás. Le pedimos que nos traiga un novio/a o que nos libre del nuestro, adelgazar 5 kilos y que tengamos salud.

Y así sucesivamente. No hay día que nos levantemos con la sensación de tenerlo todo. De que todo marcha bien. De que no nos falta nada.

Y al final nos cabreamos, inevitablemente. Todos llegamos a un punto en el que tenemos esa sensación de que la vida nos está castigando. “¿Pero por qué me pasa a mi todo lo malo?”. Tenemos la sensación de que no se cumple nada de lo que pedimos, que todo nos sale al revés. Que somos la persona más desgraciada del mundo.

Pero, si todos tenemos esta sensación, si todos pensamos que la vida sólo se ceba con nosotros y que no cumple ninguna de nuestras peticiones, yo me pregunto: ¿no será culpa nuestra? ¿No será, simplemente, que pedimos demasiado?

Dicen que la felicidad es una cuestión de actitud. Que lo que te pasa es un 20 por ciento lo que te pasa y un 80 por ciento como te lo tomas. Que la felicidad no es un lugar objetivo, no es un estado común: la felicidad es decisión de cada uno. 

Pero vivimos en un tiempo en el que nadie la encuentra. Y no la encontramos porque estamos muy ocupados pidiéndole más y más a la vida, con la cabeza metida en todo lo que nos falta. Todo lo que queremos y no tenemos, o no podemos tener. Centrados sólo en esas cosas de nuestra vida que no nos gustan, que nos molestan. En todo lo que creemos que necesitaríamos para ser felices. 

Y así justificamos nuestra infelicidad: pensamos, queremos pensar que es mala suerte. Que esta es la vida injusta que nos ha tocado vivir. Y qué le voy hacer. Yo no puedo ser feliz.

Pero resulta que no. Que no es que la vida no nos de lo que pedimos. Que puede que la vida, en realidad, nos dé mucho más de lo que reconocemos y agradecemos todos los días. Que si estás leyendo esto, significa que la vida te ha dado ya el regalo más grande. Y, con él, la oportunidad de ser feliz.

Porque dicen que el único secreto para tenerlo todo es darte cuenta de que ya lo tienes, y es que resulta que la felicidad estuvo ahí desde el principio. Pero sólo tú puedes decidir qué hacer con ella.


Así que dime: ¿La tomas, o la dejas?




martes, 19 de mayo de 2015

Creo

Antes que nada, y por encima de todo creo en mi. Aunque quede mal decirlo. Creo en todas las cosas que quiero, puedo y podré cambiar para hacer del mundo un lugar mejor. Creo en la fuerza que sale de mi en los momentos malos y me sorprende a mi misma cada vez que supero un nuevo reto.


Creo en toda la gente a la que quiero. Y en toda la gente que me quiere. Y en todo el poder que me dan y les doy todos los días. Creo en ayudarles, escucharles, comprenderles. En ser un apoyo y apoyarme en todas esas personas que la vida me ha puesto en el camino aunque no me las merezca. Creo en no cansarme nunca de dar gracias por tenerlas.

Creo en el poder de la esperanza. De no perderla nunca. De confiar, de cerrar los ojos y no necesitar más que la certeza de que mañana será otro día en el que todo irá, seguro, mucho mejor.





Creo en seguir hacia adelante. En no estancarme, no ahogarme en ningún fracaso. Creo en levantarme las veces que haga falta y pensar que hasta del más mínimo rasguño algo se aprende.

Porque creo en aprender todos los días de la vida. En escuchar lo que quiera enseñarme aunque alguna que otra vez me haga daño en el intento. Y agradecérselo el día de mañana cuando mire atrás y todo tenga sentido.

Creo en compartir todo lo que tenga dentro. Cada alegría y cada tristeza. En no guardarme nada para mi, nada para luego. En devolverle a la vida tantas cosas que me ha dado. Aunque me cueste, aunque prefiera quedármelas.

Creo en compartir mi tiempo, y en no perder ni uno de los segundos que tenga. En no gastarlos con tristezas, enfados ni remordimientos, ni gente que no los merezca. Creo en sacarle a cada cosa el lado bueno aunque a veces me lo tenga que inventar.

Creo en perdonar, siempre, rápido. En respetar la vida y sus tiempos. En no tener prisa por nada, saber esperar, ir despacio. Pero disfrutando de cada momento.

Creo en seguir creyendo toda la vida y creo, en definitiva, en saber aprovechar el tiempo que tenga mientras sea mío. 

Y cuando se acabe, creo, espero y me conformaré con poder decir que fui feliz en este sitio que nunca querría dejar.



domingo, 10 de mayo de 2015

Carta a mi hermana pequeña


Mi hermana pequeña. Siempre lo has sido y siempre vas a serlo, y por algún motivo siempre has sido y siempre serás más lista, responsable y sensata que yo.

Pero te me haces mayor y se me ocurre que a lo mejor, algún día, cuando por aquí dejen de llamarte enana y te de por maquillarte y subirte la falda, a lo mejor puedas necesitar a la pesada de tu hermana para devolverte parte de esa sensatez que nunca tuvo.

Y cuando llegue ese día me gustaría recordarte que, en la vida, las cosas importantes son muy pocas y son las únicas que deberían preocuparnos y las únicas que deberían ser motivo de nuestra alegría.

Porque con el tiempo aprenderás que la vida no es un número de likes. Que no eres más guapa por tener más “me gusta” en tus fotos, ni eres mas importante por ser más guapa. Y, desde luego, no eres mejor persona por ser más importante.

Aprenderás que la persona que llegues a ser algún día no depende ni dependerá nunca de los demás: depende de ti y sólo de ti, así que no te canses nunca de crecer, todo lo que puedas, hasta convertirte en el tipo de persona que te gustaría llegar a conocer.

La vida no es tampoco estar en boca de todos, ni cuanta gente se sepa tu nombre. Así que no lo busques. No te esfuerces en conseguir la atención de los demás, porque con el tiempo descubrirás que como viene, se va. Así que aspira siempre más alto. Respeta y hazte respetar. Y no dejes que nadie nunca te haga sentir que mereces menos de lo que quieres.

Aprenderás que la vida no es un bolso de marca ni unos tacones nuevos. Que en todas esas cosas no encontrarás lo que buscas por mucho que te empeñes. Que al final del día, no serán las que te hagan sentirte llena.

La vida no son todos tus amigos de Facebook. Y no te digo que no los tengas. Ten todos los que quieras y algunos más, por si acaso, pero no olvides nunca que un amigo es mucho más que una petición en internet. Ten siempre claro a quién puedes llamar amigo y procura que no sean pocas las personas que puedan llamártelo a ti.

La vida no es la cantidad de niños que se giren cuando pases, que estoy segura de que serán la mayoría. Así que no salgas a la calle cada día esperando encontrar el amor de tu vida. Ni lo busques, ni te esfuerces en que te encuentre. No gastes energías en intentar que algún chico se de cuenta de que existes. Simplemente se feliz y haz feliz a todo aquel que se cruce en tu camino. Eso es lo único en lo que deberías gastar tu tiempo y tus esfuerzos, y es lo único que, algún día, atraerá a un chico que de verdad merezca la pena.

La vida es no conformarte con lo que ya conoces, así que ve siempre por el mundo con los ojos bien abiertos, viaja todo lo que puedas y conoce tantas personas como te sea posible. Recuerda que las mayores aventuras de tu vida nunca ocurrirán dentro de tu "zona de confort".

La vida no es,tampoco, una noche de viernes ni una cena en un sitio caro. Así que dale a las apariencias la importancia justa. No gastes demasiado tiempo en las cosas que no lo merecen, y párate un rato cada día a pensar cuales son aquellas a las que deberías dedicarle todo el tiempo que tu vida te permita.

Descubrirás que la vida no es un historial de snapchat ni un estado de whatsapp, ni todas las veces que vayas al gimnasio y lo cuentes en instagram. Así que no hagas las cosas para los demás. Nunca. Hazlas para ti, porque, al final, tu vida es tuya y lo que hagas con ella es para ti y sólo para ti.

La vida no es lo largo que tengas el pelo ni lo verdes que se vuelvan tus ojos cuando crezcas. No es, ni si quiera, lo alta que llegues a ser algún día. Por que lo que tú vales nunca se medirá por el largo de tus piernas ni el brillo de tu pelo. Lo que tú vales va por dentro y deberías guardarlo siempre en un lugar en el que ni tus miedos, ni tus inseguridades ni las críticas de los demás puedan llegar a destrozarlo.

No, tu vida no debería ser vivida en busca de la aprobación los demás. Tu vida merece ser vivida de forma que, cuando mires atrás, puedas sentirte orgullosa de todos y cada uno de tus pasos que te acaben llevando a ese lugar en el que siempre quisiste estar.

Porque la vida es no conformarte. No cansarte nunca de aprender, de los demás y de ti misma. De aprender a veces a base de golpes pero, al fin y al cabo, aprender. Así que, si algún día lo necesitas, estaré encantada de recordarte que la vida es algo grande, y que todo lo que le des, acabará devolviendotelo multiplicado por cien para que llegues a ser, si tú quieres, la niña más feliz del mundo.



martes, 10 de marzo de 2015

La vida perfecta

Ayer me mandaron una de esas cadenas que no leo casi nunca y que, sin embargo, más por aburrimiento que por interés, decidí abrir.

Era una propuesta, un reto. Parecía fácil: consistía en estar 24 horas, un día entero, sin quejarse ni una sola vez. Quejas mentales sí valían, menos mal. Pero nada de mostrarlas. Un día entero viviendo como si la vida fuera maravillosa.

Enseguida decidí intentarlo. Esto está tirado, si yo casi no me quejo. Pensé mejor. Bueno, a lo mejor un poco. Pero vamos, lo normal.

Cuando me quise dar cuenta, haciendo un repaso mental dos horas más tarde, descubrí que no iba a ser tan fácil.

Me había quejado ya del cambio de temperatura. A qué viene este calor, Dios mío. ¿Y el hambre que tengo? Yo hoy no llego a la comida. Madre mía, lo fea que estoy. No puedo verme, qué vergüenza. 

Y creo que me quejé también de la trompeta que se ha comprado mi vecino y de lo mal que se porta mi perro.

Y así me pasé las siguientes 24 horas. Como cualquier otro día, como todos los días. Quejándome.

Quejándome por lo que tengo, y por lo que no. Por lo que me falta y por lo que me sobra. Por lo que los demás hacen o dejan de hacer, por lo que me pasa sin querer y por todo lo que quiero que me pase y no me pasa. 

Y es probable que yo sea especialmente quejica, sí, pero el caso es que todos nos quejamos.Continuamente. A todos nos costaría pasarnos un día entero sin recordarle al mundo todas las desgracias que sufrimos. Por que nos hemos acostumbrado a vivir así. A saltar en cuanto falla el más mínimo detalle para que todo sea perfecto en nuestra vida.

Pero es que resulta que a lo mejor no tiene que serlo. Que no nos hace falta una vida mejor, sólo una actitud mejor ante la vida.


Porque puede que no exista, después de todo, la vida perfecta. Pero puede que la clave para inventarla sea, simplemente, dejar de pedirle más y empezar disfrutar de todas esas cosas que ya nos ha dado.



lunes, 19 de enero de 2015

Vivir sin prisa

La mejor época de nuestras vidas. Eso dicen los mayores.

Que no la desperdiciemos. Que disfrutemos día a día de la incertidumbre de no saber dónde estaremos mañana. Ni con quien.

Que disfrutemos de no tener ni idea de cómo será nuestro futuro. De qué nos depara la vida.

Pero no les escuchamos. Por que tenemos demasiada prisa: prisa por saber, prisa por vivir, prisa por sentir que tenemos todo bajo control.

Y no nos damos cuenta muchas veces de lo genial que es la sensación de tener toda la vida por delante. De no poder ni imaginarnos cómo ni cuánto habrá cambiado nuestra vida en unos años, y saber que además, nos guste o no, no tenemos forma de controlarlo.

Lo genial que es saber que ni está en nuestras manos ni es asunto nuestro planear nuestro futuro al milímetro.

Que nuestra única obligación de hoy es vivir. Pero vivir al máximo. Disfrutar al máximo, esforzarnos al máximo. Querer al máximo a todos aquellos que, por desgracia, tampoco tenemos la certeza de que vayan a seguir a nuestro lado en el futuro.

Por que es lo que tiene el futuro. Que nada ni nadie puede asegurarnos que vaya a ir bien. Pero lo que si podemos dar por seguro es que, si centramos todos nuestros esfuerzos de hoy en vivir sin prisa y vivir como queremos, probablemente construyamos un futuro que no tenga absolutamente nada que envidiarle a nuestro presente.