"Not all those who wander are lost."

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martes, 16 de diciembre de 2014

Empiezo mañana

Estoy apunto de caerme por un precipicio de 100 metros que ha aparecido de la nada en la puerta de mi casa cuando suena el despertador. Uf, por poco.

7 y media de la mañana. Entreabro como puedo el ojo izquierdo y me acerco a la cara la pantalla del móvil hasta que consigo ver algo. Dos emails de publicidad, 463 mensajes del grupo de mis amigas y alguien aleatorio invitándome a construir una granja en facebook.

Qué emocionante, empezamos bien.

Oigo la lluvia por la ventana y vuelvo a taparme hasta los ojos. Con lo bien que estoy yo en la cama…¿Y si me quedo? No se, puedo decir que me ha dado un ataque de apendicitis o que mi perro se ha comido el despertador. Seguro que nadie sospecha.

Pero y mi madre… ¿qué le digo a mi madre? Venga, mejor me levanto. Qué pereza. Un día más.

Y así sucesivamente. Sobrevivir como puedo durante 15 horas pensando que cada vez queda menos para volverme a acostar. Para poder bajarme del mundo por un tiempo.

Pero hoy no me apetece. No, no estoy dispuesta a perder ni un día más de mi vida. No estoy dispuesta a seguir corriendo, creo que no. Que necesito parar.

Me veo simplemente incapaz de dar ni un paso más sin saber a donde voy. Porque no lo entiendo. No entiendo esta forma de vivir a la que nos hemos acostumbrado. No entiendo por qué nadie se para a preguntarse algo tan sencillo como, ¿para qué?.

Para qué estoy yo aquí, qué pasa conmigo. De qué le sirvo yo al mundo exactamente.




Y he llegado a la conclusión de que nadie se hace estas preguntas porque nadie sabe contestarlas. Es mejor vivir deprisa para no pensar, sobrevivir el día a día centrados en solucionar nuestros problemas de hoy, y todo lo demás…Todo lo demás puede esperar.

Pero hoy me planto. Y si realmente nadie tiene la respuesta, nadie va a saber decirme qué narices estoy haciendo yo aquí, entonces tengo claro que voy a dedicar hasta el último minuto a intentar averiguarlo.

A intentar adivinar qué es eso que tengo yo que el mundo necesita. A inventarme la forma de hacer con mi vida, un poco mejor la de los demás.

Y he decidido que empiezo mañana, en el mismo momento en el que suene el despertador.


En ese momento en el que decida salir de la cama con la convicción de que si yo no me levanto,  ese día el mundo será, sin duda, un lugar peor.







martes, 18 de noviembre de 2014

Volver a empezar

Dicen que en la vida, cuando por fin parece que conseguimos todo lo que queríamos, cuando parece que todo empieza a estar en orden y que por primera vez vamos en buena dirección, algo falla. Al viento le da de pronto por soplar en otra dirección y vemos derrumbarse a nuestros pies todo lo que llevábamos años construyendo.

Y nos toca volver a empezar.



La verdad es que no sé si tiene algún sentido que las cosas pasen de esta forma, no se si será verdad eso de que todo es para bien y no se si todos los baches del camino realmente están ahí por algo.

Lo que sí se es que nos pasamos la vida volviendo a empezar, porque nos pasamos la vida equivocándonos. Y podemos llamarlo destino, podemos llamarlo mala suerte o decir que, simplemente las cosas no han ido como esperábamos, pero la verdad es que en la mayoría de los casos, la única respuesta cuando todo empieza a fallar es asumir que nos hemos equivocado.

Que algo en nuestro plan no estaba tan bien pensado como creíamos, que el camino que habíamos decidido seguir en realidad no era para nosotros.

El caso es que en la mayoría de los casos y sea cual sea el motivo de nuestro fracaso, lo único que nos queda es volver a empezar. Volver, una vez más, a la línea de salida.


Y creo y compruebo cada día que el secreto está en la forma en la que afrontamos este empezar de cero. 

Que el secreto está en decidir dejar de lamentarnos por todos los errores del pasado. Dejar de preocuparnos por todas las cosas que no podemos cambiar y aprovechar, sin embargo, para aprender de todo aquello en lo que nos habíamos equivocado.

Por que si algo hay en la vida que nunca se acaba son las oportunidades. 

Y es en el momento en el que empezamos a verlas como un regalo, cuando entendemos que puede que volver a empezar, en vez de un castigo, sea en realidad lo mejor que podía habernos pasado.

martes, 14 de octubre de 2014

Por ellas

Hoy me apetece brindar por ellas. 


Me apetece pasar 5 minutos dejando de pedirles favores, contarles mis penas o saturarles el móvil con notas de voz de 2 horas.

Pasar 5 minutos simplemente dándoles las gracias.




Me apetece brindar por las que me conocen mejor que yo. Por las que saben lo que voy a decir mucho antes de que lo diga y son capaces de evitar que suelte una de mis joyas antes de haber llegado a articular palabra.

Me apetece brindar por las que no se saben mis mejores historias, no. Las han vivido conmigo.

Me apetece brindar por las que han estado a mi lado en la mitad de los líos en los que me he metido, y en la otra mitad me han metido ellas. 

Por las que se conocen mis gestos mejor que el abecedario y saben lo que estoy pensando sólo con mirarme 10 segundos.





Me apetece brindar por las que se alegran conmigo cuando estoy contenta y no dudan en lanzar una copa o dos a la cara de cualquiera que se meta en mi camino. En nuestro camino.

Brindar por las que no son perfectas. Por que no lo somos. Por las que meten la pata una y otra vez, por las que están a mi lado cuando lo hago yo.

Me apetece brindar por las que no son una familia a parte, son parte de mi familia.

Brindar por las que no se cansan nunca de escuchar. A veces la misma historia una y otra vez, pero no, no se cansan de escuchar cuando lo único que necesito es no parar de hablar. 

Por esas que se ríen de mis propósitos de año nuevo y a la vez me hacen sentir que sí, que este año lo consigo.




Brindar por las que acampan en mi cuarto cuando yo aún ni me he enterado de que están en casa, por las que arrasan la despensa, y por las que cuando huele bien desde la cocina gritan un "¡me quedo a cenar!" 

Por las que lo dan todo maquillandome en el baño de cualquier discoteca aunque su nivel de embriaguez no les permita mucho más que estar cerca de sacarme un ojo con la raya.

Me apetece brindar por todos sus consejos, y por las que siguen ahí incluso cuando no hago caso a ninguno de ellos.

Me apetece brindar, simplemente por poder contar con ellas. Porque hay pocas cosas más grandes que eso.

Y brindo por tenerlas. Por saber que por mucho que me aleje, por mucho que me pierda y por muchas veces que me equivoque, ellas van a estar ahí cuando decida volver.

Así que hoy brindo por las de siempre, y brindo por el orgullo de poder decir que aunque no tenga lo mejor, definitivamente sé que tengo a las mejores.



viernes, 3 de octubre de 2014

Por todo lo que nos queda.


Dicen por ahí que hemos perdido la ilusión.

Dicen que nada nos motiva, que nada nos mueve. Que nos hemos vuelto demasiado superficiales como para apreciar la grandeza del mundo que nos rodea.

Dicen que hemos perdido el rumbo. Que vamos de aquí para allá dando tumbos para llegar a una meta que ni si quiera queríamos alcanzar.

Dicen que nada nos llena. Que vivimos enganchados a nuestros vicios que poco a poco nos van consumiendo y terminaran acabando con nosotros.

Dicen que no hay solución. Que estamos, sin duda, completamente perdidos.

Pero yo digo que no.

Yo digo que nos queda nuestra alegría. Nos quedan las ganas de hacer del mundo un sitio mejor.

Nos quedan nuestras ideas, nuestros principios, nos queda nuestro inconformismo. 

Digo que nos queda nuestra fuerza, esa fuerza dentro de cada uno que poco a poco va saliendo para recordarnos que aún nos queda mucho por luchar. Que aún nos queda mucho por vivir.

Porque habremos perdido mucho, habremos dado algunos pasos en la dirección equivocada y nos habrán tenido que recoger del suelo más de una vez, pero yo digo que no.

Digo que no vamos a rendirnos. 

Y es que digo que nos queda, sobre todo, un largo camino por recorrer, y todo el tiempo del mundo para volver a empezar.


lunes, 12 de mayo de 2014

La reina de las causas perdidas

Siempre he pensado que de todas las cosas que aprendemos cuando somos pequeños, a todos hay alguna que nos marca.

Aprender a perdonar, ayudar a quienes nos necesitan, saber escuchar…

Lecciones que alguien nos enseña algún día sin saber que nos acompañarán el resto de nuestra vida y nos harán convertirnos en las personas que seremos en el futuro.

Y, de todas ellas, la mía, esa que tengo presente cada día (para bien o para mal) es la de luchar siempre por lo que quiero.

El motivo por el que mis amigas me llaman cabezota y mis padres desearían que fuera un poco mucho menos insistente. Pero supongo que soy así.




 Que darme por vencida cuando quiero algo de verdad es una opción que ni me planteo. Que cuando se me mete algo entre ceja y ceja son pocas las personas capaces de hacerme dejar de intentarlo. Muy pocas.

Y últimamente he estado dándole muchas vueltas al tema. Y es que me voy dando cuenta de cómo en la vida las cosas poco a poco se van complicando. Y de repente un día ya no estás luchando por conseguir que tus padres te compren un hámster o por que te dejen ir a una fiesta. 

De repente se vuelve todo un poco más complicado y rendirte parece, de pronto, una opción considerable.
Y te encuentras así, cuestionandote todo lo que hasta ahora habías tenido tan claro, preguntándote si de verdad merece la pena seguir esforzándote cada día por conseguir algo que, realmente, no sabes si llegará.





Porque sí, cuando somos pequeños nos enseñan lecciones, esas que todo el mundo sabe y de las que nadie duda.

Pero, por lo menos a mi, nunca me enseñaron dónde está el punto en el que se debe dejar de luchar y resignarte a que las cosas sucedan como tengan que pasar. 

En qué momento dejas de ser la heroína para convertirte en la reina de las causas perdidas.

No me enseñaron en qué punto se debe tirar la toalla, o si realmente hay que tirarla algunas veces. O cuando el amor propio debería poder más que el empeño por conseguir algo.

No me lo enseñaron y, la verdad, no tengo ni idea.

Pero lo que sí sé es que, cuando llegue ese punto en el que tenga que renunciar a luchar por lo que quiero, desearé que, de pequeña, en vez de eso alguien me hubiera enseñado alguna vez a rendirme.



jueves, 8 de mayo de 2014

El camino fácil

Teniendo con mis amigas hace poco una de esas charlas filosóficas sobre los hombres, llegamos a una conclusión. Algo en lo que todas coincidimos (Y creerme que no es fácil). Algo que decidimos que se puede considerar algo así como una especie de verdad universal.

Que los hombres mienten. Mucho. Todos los días.

Que mienten, nos mienten, para conseguir lo que quieren. O simplemente por inercia, ya ni lo sé. 

El caso es que todos (sin ánimo de ofender al colectivo de príncipes azules escondidos en el país de nunca jamás) están programados de esa manera. Programados para averiguar cuáles son las palabras oportunas en cada momento y dispararlas como una granada sobre nosotras independientemente de si estas coinciden o no con lo que realmente están pensando.

Y es ahí donde entramos nosotras a ejercer nuestro papel de detectives analizando cada palabra que sale de sus bocas en busca de cualquier indicio que nos permita desmantelar toda esa farsa que se esconde detrás de un par de frases bonitas sacadas de internet o de su amigo más fucker.






Pero el problema llega cuando no lo encontramos. Cuando no hay nada que indique que mienten, o peor aún, cuando todo apunta a que dicen la verdad. Qué dilema. Y es que nunca es fácil creérnoslo cuando escuchamos salir de boca de un hombre exactamente lo que queremos oír, por que lo que queremos oír casi nunca coincide con lo que ellos querrían decirnos.

Pero, el caso es que por no entrar en una guerra que saben que no podrían ganar, eligen el camino fácil. Eligen el camino fácil y nos mienten. Y nosotras, por no arrepentirnos de haber permitido que un idiota nos hiciera falsas ilusiones (Y por ahorrarnos unos cuantos paquetes de clínex y otros tantos litros de helado), elegimos el camino difícil. Y no les creemos.

Y así hemos terminado. Ellos, tan metidos en su papel de romeo que han perdido su capacidad para distinguir cuando hablan de verdad y cuando están recurriendo a una de esas mentiras tan socorridas y, nosotras, marcándonos investigaciones dignas de CSI para averiguar si es así. 
Investigaciones para comprobar que eso que nos dicen y que tanto nos gustaría que fuera cierto, realmente lo es.

Y yo me planteo, ¿No sería más fácil preguntarles? Pero ni me atrevo a  formularles esta pregunta a mis amigas, por que tengo más que claro cuál sería su respuesta.


Y es que, sí, puede que preguntarles fuera una opción. Pero, para qué gastar más fuerzas. Está claro que Mentirían.



(Para mi amiga C, la eterna desdichada, y para M, la eterna incomprendida, que algún día superarán su odio eterno al género masculino)

sábado, 3 de mayo de 2014

Sobre ruedas

Uno de mis muchos defectos y puede que el más molesto para las personas que me rodean, probablemente sea la necesidad de tenerlo todo bajo control.

Y es que me he pasado años controlando cada detalle de mi vida, sintiendo que yo estaba al mando de cada situación, cada imprevisto y cada persona con la que me cruzaba.

Como si fuera tan fácil como apretar un botón y poder hacer que las cosas sucedieran como yo las había planeado. Como si pudiera levantarme cada día con la capacidad de vivirlo según mis planes. Como si pudiera diseñar mi propia vida y controlar cada segundo que pasaba.





Y creía que ya lo tenía. Creía que había tomado por fin las riendas, que había logrado el control, que todo marchaba según lo planeado. Creía, de verdad, que la vida no podía sorprenderme, que cuando organizas tu futuro de esa manera es imposible que el camino se bifurque.

Pero, para variar, me equivocaba. Y es que pasa el tiempo y crees que vas en buena dirección, que vas cumpliendo tus planes y siguiendo tus esquemas, pero un día te paras en el camino y al volver la vista atrás descubres lo equivocado que estás.

Descubres que tu bola de cristal te situaba hoy, hace unos años, en ese sitio en el que todo iba a estar bien, en el que no existían los problemas y todo en tu vida iba a ir, como siempre, sobre ruedas.

Pero te das cuenta de que ha pasado el tiempo y has llegado, en realidad, a un sitio muy diferente. Que ninguno de tus planes se ha cumplido y que sí, tu vida va sobre ruedas, pero cuesta abajo. Y sin frenos.




Descubres que detrás de esa calma aparente de tu día a día se esconde un caos al que no sabes muy bien como has llegado y del que, por supuesto, no tienes ni la más mínima idea de como vas a salir.

Pero es en ese punto, en plena batalla entre la vida que imaginabas y la vida que has acabado construyendo, cuando te das cuenta de que puede que esté bien salirte de tus planes, aceptar el reto, y afrontar cada día como una continua caída sin frenos.


Y es cuando empiezas a disfrutar cada bajada cuando te preguntas si en realidad, en medio de ese caos, has encontrado, por fin, la vida que querías.


martes, 8 de abril de 2014

A golpe de martillo

Que un clavo saca otro clavo. Podría contar cuantas veces a lo largo de mi vida he oído esta frase en boca de las personas que me quieren. Por que nos ven sufrir y recurren a este tipo de expresiones con la certeza de que seguramente no las escuchemos y, la duda de si realmente escucharlas nos proporcionará algún tipo de ayuda. Pero casi nunca es así.

Y esta es una de esas frases, sin duda una de mis favoritas. Que un clavo saca otro clavo.



La verdad es que no les culpo, por que me doy cuenta de lo fácil que es decirlo. Es más, seguramente más de una vez yo también haya recurrido a ella para intentar consolar a alguna amiga cuando se encontraba en esa etapa del ni me olvido ni quiero olvidarme. 

Pero es cuando la disparan contra ti cuando realmente te paras a pensar en lo absurdo de su significado.

Y es que hay varias cosas que no me quedan claras.

La primera y fundamental es que encuentro injusto el hecho de darle al clavo el privilegio de permanecer en nuestra vida hasta que consigamos reemplazarle. Injusto para nosotros y también para el clavo nuevo, que casi nunca se merece que lo utilicemos como herramienta para sacar de nuestra vida algo que tendríamos que habernos ocupado de hacer desaparecer nosotros mismos.

Y no digo que sea fácil deshacernos del clavo, y puede que nunca lo haya sido y nunca vaya a serlo. Y menos cuando ha entrado en nuestra vida a golpe de martillo. 






Lo que digo es que el clavo, por mucho que nos empeñemos, casi nunca es fundamental en nuestra vida, y la clave muchas veces está en ser capaces de darnos cuenta de que es hora de dejar ese espacio libre, no porque necesitemos reemplazarlo si no, simplemente, por que es un clavo que ya ni queremos ni necesitamos llevar con nosotros.

Otra cosa que no entiendo es el hecho de pensar que reemplazar aquello que nos ha hecho daño, va a hacernos superar este dolor. Porque por mucho clavo que utilicemos para sacar otros, la marca que nos hizo el primero nunca desaparece. Y no sólo no desaparece si no que se va haciendo más y más grande hasta que, un día, al clavo número 20, nos damos cuenta de que ahí no estaba la cura que necesitábamos.

Y esque puede que buscar otro clavo no sea la solución. Puede que necesitemos afrontar que hay clavos que nos marcan y que siempre los habrá, y que a lo mejor la única solución está, en realidad, en ser capaces de curar nuestras propias heridas antes de llegar a estar preparados para volver a enfrentarnos a una caja de herramientas.







martes, 25 de marzo de 2014

Tal como somos

Todos los días, todas las personas pensamos en como son las cosas. Como son nuestros problemas, como son nuestras alegrías, como son nuestras victorias y, otras veces, como son nuestros fracasos. Pero hay algo que casi nunca nos paramos a pensar. 

No nos paramos a pensar en cómo somos nosotros. Como de complicados y como de alucinantes.




Y es que somos raros. Somos de ir y venir a toda prisa pero queriendo tomárnoslo todo con calma.

Somos de irnos cuando nos piden que nos quedemos, y de querer quedarnos cuando sabemos que es hora de marcharse.

Somos de blanco o de negro, somos de vivir así, somos de extremos. De ni contigo ni sin ti.

Somos de llorar con la misma facilidad con la que reímos, de vivir cada día sin pensar en las consecuencias, de disfrutar el presente sin querer volver al pasado ni anticiparnos al futuro.

Somos de dramas, de culebrones, de disfrutar de las historias interminables, pero somos también de finales felices y de vivir con la esperanza de que siempre gana el bueno.

Somos de ahogarnos en vasos de agua, de hacer montañas de granos de arena, de agobiarnos y desagobiarnos y respirar hondo y volvernos a agobiar.





Somos de aqui y de ahora, somos de exprimir cada día como si fuera el último. De afrontar nuestros sentimientos y de aprender a disfrutarlos. Y somos incluso, a veces, de llegar a compartirlos.

Somos de montañas rusas, de estar aquí hoy y mañana ni preguntes, de ir donde el viento nos lleve y cuanto más lejos, mejor.

Somos de empeñarnos en recordar todo lo que nunca fuimos y de no tener muy claro que es lo que queremos ser.

Somos de impulsos, de actuar sin pensar y somos también a veces, de arrepentirnos.







Somos de enamorarnos todos los viernes y de enfadarnos todos los lunes, de discutir y de reconciliarnos, de vivir enganchados a los tu tiras y yo aflojo. Y viceversa.

Somos de querernos hasta que duela y de odiarnos hasta que canse. De una de cal y cuatro de arena.

Somos de echar de menos y de echar de más. Y somos alguna que otra vez, de las dos cosas al mismo tiempo.

Somos de querer huir de todo pero sin alejarnos demasiado, somos de odiar las despedidas y de alargar los abrazos en cada reencuentro.




Porque somos optimistas, somos de salir a la calle con la sensación de que no hay problema más grande que cualquier solución que pueda surgir una noche de copas con amigos.

 Somos de encapricharnos y de aborrecer, de desear algo con todas nuestras fuerzas hasta que lo tenemos, de no valorar tantas cosas hasta que las hemos perdido.

Y es que es así, y seremos siempre de aprender a base de golpes, pero somos, también, de aprender a encajarlos y a levantarnos con la lección aprendida, las heridas curadas, y la certeza de que lo mejor está siempre aún por llegar.

Porque somos de ser distintos, de ser extraños, y de ser muchas veces incomprensibles.

Pero, al fin y al cabo somos, hemos sido, y seremos siempre de ser, por encima de todo, felices.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Sin palabras

Cuando me pidas perdón, como tantas otras veces, además de las prisas, los nervios y el recuerdo, sobrarán, sobre todo, las palabras.

Cuando me pidas perdón, mírame a los ojos y hazme creer que lo sientes. Que lo sientes de verdad.

Cuando me pidas perdón deja a un lado las excusas, los lamentos, y el más mínimo signo de arrepentimiento. Porque sabes mejor que yo que tú no eres de arrepentirte y no, como tantas otras cosas, no vas a hacerlo por mi.

Cuando me pidas perdón intenta con todas tus fuerzas que parezca de verdad. Aunque dentro pienses que lo hiciste todo bien, aunque tu escasa imaginación no te permita elaborar ningún discurso que me lleve a pensar que tus disculpas son sinceras. Dos palabras, que lo sientes. Bastará.

Cuando me pidas perdón sabes mejor que yo que no será por mi. Como casi todo lo que haces. Que será por ti. Por sentirte un poco menos culpable, un poco menos en deuda conmigo y un poco más a gusto contigo mismo.

Pero, si te digo la verdad, cuando me pidas perdón no quiero que me expliques los motivos. Sólo hazlo, aunque, para variar, yo no te crea.

Aunque no sea capaz de perdonarte hasta que no me haya perdonado a mi misma por no haber sabido decir basta, y, sobretodo, por no haber sabido decirlo a tiempo. 

Aunque no te crea hasta que sienta que, por una vez, me entiendes, y que entiendes lo que es abrir la boca y no encontrar palabras ni fuerzas para explicarte, para hacer algo tan sencillo y complicado como decir lo que sientes.


Porque cuando me pidas perdón me conformaré con eso: Que no sepas que decir, que susurres un “lo siento” tan fuerte que te tiemble todo el cuerpo, y ver cómo te quedas, como siempre, sin palabras.



martes, 11 de marzo de 2014

Archivos incompletos

Creemos que, cuando alguien nos hace daño, la mejor solución para ahorrarnos sufrimiento es echarle de nuestras vidas, borrar completamente cualquier indicio de que en algún momento esa persona fue importante para nosotros, y seguir nuestro camino. 

Y pensaba que madurar era ir poco a poco mejorando esta técnica de amnesia para olvidar por completo a todos aquellos que consiguieran, en algún momento, hacerme daño. 

Pero resulta que no. Resulta que a veces es todo mucho más sencillo. Que eso de que "de los errores se aprende" es mucho más que una frase hecha, y que no hay nadie que pase indiferente por nuestras vidas. 




Y es que puede que sea verdad verdad que hay algunas personas capaces de salir de nuestras vidas sin hacer ruido, sin que las echemos, del mismo modo que nunca las invitamos. Suelen llegar y marcharse en el momento oportuno, cuando más falta nos hacen, y nunca están en nuestras vidas más de lo estrictamente necesario, evitándonos el sufrimiento de las despedidas. 

Pero el problema es que luego están las demás. Para el caso: los demás. El demás.

Ese individuo que desde el minuto uno sabríamos que estaría en nuestra vida, que lo queríamos en nuestra vida. Nuestra alma gemela, lo llaman... Cualquier cursilada nos valía para explicar esa fuerza tantas veces inexplicable que nos llevaba a necesitar pasar tiempo con esa persona, saber de ella, compartir con ella cada detalle de nuestras vidas, que empezaban a estar un poco más completas desde su llegada. 



Pero, antes o después, se nos acaba la "magia". La paciencia para aguantar determinadas cosas. Ese cristal que nos hacia verlo todo color de rosa, se rompe, y nos deja desarmados mirando de frente a la realidad. 

Y casi nunca nos gusta. Y empezamos a auto destruirnos por no destruir al otro, y sentimos que nos han fallado pero no sabemos si en realidad nos hemos fallado a nosotros mismos.  Y necesitamos, de repente, salir corriendo. Y es que, cuando sientes que una persona te completa cuando llega a tu vida... ¿Que es lo que sientes cuando se va? Puede que sea ese vacío al que no acabamos de acostumbrarnos. 

Y tenemos todo tipo de técnicas de amnesia que vamos mejorando con el paso de los años, pero, al final, nada consigue hacernos olvidar ni permitirnos reemplazar ese lugar que algún día le dimos a no se quien, porque, no se en que momento, pensamos que lo merecía. 

Y es entonces, ante nuestra imposibilidad de reemplazar lo irreemplazable, cuando decidimos borrar. Borrar para que duela menos. Borrar, al fin y al cabo, para olvidar. Y así eliminamos de nuestros archivos todo lo bueno y lo malo de esa persona, para evitar que ni un resquicio de su paso por nuestra vida vuelva a golpear nuestra memoria rompiéndonos los esquemas de nuevo. 

Y la primera vez, funciona. Y es así, y borras, y olvidas, y pasas página, y está todo bien, o al menos eso crees.




Pero son ya demasiadas las personas que entran en nuestra vida y la dejan patas arriba como para dedicarnos a ir borrando de uno en uno todos los recuerdos y todos aquellos con los que los compartimos, para quedarnos al final, con poco más que un puñado de archivos incompletos.

Y es así como aprendemos que ahí no esta la solución. Que muchas veces los que más daño nos hacen son los más capaces de enseñarnos lecciones que tarde o temprano teníamos que aprender. Que olvidar a alguien no consiste en borrar completamente de nuestra memoria cada paso que dio en nuestras vidas. 



Que, a lo mejor, madurar es en realidad entender que siempre hay algo bueno de cada persona con lo que merece la pena quedarnos y que, lo mejor de nuestras vidas, al final no es más que la suma de esos buenos recuerdos que nunca, nunca, debimos querer borrar de nuestra memoria.





martes, 4 de marzo de 2014

Nuestro error favorito.

Todos los seres humanos de todas las razas, países, y edades tenemos algo en común.

Cometemos errores. Cometemos errores todos los días. De todas clases y colores, errores remediables o sin remedio, errores más o menos graves. Pero todos cometemos errores.

Cometemos errores y cometemos los mismos errores una y otra vez. Tropezar con la misma piedra lo llaman.




Y no sé si será verdad eso de que el hombre es el único animal al que le ocurre, pero de lo que sí estoy convencida es de que todas las personas tropiezan, a lo largo de su vida, dos veces con la misma piedra. Y tres. Y supongo que así es el ser humano, que es normal, y que las piedras son necesarias para ayudarnos a aprender de las caídas.

Pero hay algo que no encuentro tan normal. Y me gustaría que alguien resolviera esta pregunta antes de que sea demasiado tarde. Que alguien, por favor, nos explique qué pasa cuando se le coge cariño a la piedra.

Quiero decir, cuando tropezar seis, trece, veinte veces no nos parecen suficientes y sentimos la necesidad de llevarnos la piedra en el bolsillo por si en alguna ocasión todo va bien en nuestra vida por más de una semana y empezamos a echar de menos una caída de boca.



Qué pasa cuando, al cabo de los años, echas la vista atrás y te das cuenta de que la maldita piedra forma ya parte de tu vida. De tu día a día. Cuando ya ni te extraña el hecho de volver a tropezar, cuando las caídas empiezan a ser algo normal.

Y es que es algo que nunca nos explican. Nos hablan constantemente de esos errores que todos cometen, que cometeremos a lo largo de nuestra vida, y nos enseñan como esquivarlos, como librarnos de ellos, como levantarnos cada vez que nos demos contra el suelo.

Pero nadie nos avisa de que, en algún momento, cometemos un error que nos gusta. Un error al que le cogemos cariño. Una piedra que llevamos, que queremos llevar siempre con nosotros y  de la que nadie nos ha enseñado nunca a deshacernos.


Ese error que nos persigue, esa piedra que, si no sacamos a tiempo del camino, acaba acompañándonos durante el resto del viaje.

Pero no, nadie nos avisa, y acabamos yendo así por la vida.

Dando tumbos, cargando con nuestra piedra, y orgullosos de enseñarle al mundo esas marcas de guerra de todas las caídas por culpa del que, muy a nuestro pesar, será para siempre nuestro error favorito.








jueves, 27 de febrero de 2014

El tonteo

El tonteo. Esa nueva modalidad de cortejo del siglo XXI, en la que dos individuos mantienen conversaciones basadas en decir cosas que no saben por qué dicen, acompañadas de suaves movimientos de pelo que resultan en la mayoría de los casos bastante antimórbicos para el resto del universo.

Y a quién no le gusta el tonteo. Tu me dices, yo te digo, nos reímos, y si estamos borrachos muchísimo mejor.

Pero hoy me apetece analizar esta práctica que debería ser considerada de riesgo en muchas ocasiones.

Y me planteo como se lo describiría a mi abuela si tuviera que explicarle el procedimiento y el objetivo de ésta técnica.

Empecemos por el principio. Chico conoce a chica, se gustan, chico le pide el número a chica, chico agrega a whatsapp a esa chica, y todo empieza con un “Ey, que tal, te acuerdas de mi?”

Y esto es ley de vida, todos los hombres de todos los continentes siguen haciéndonos la misma pregunta vía whatsapp aunque les hayamos visto hace 10 minutos, y realmente piensan que eso les hace interesantes.

Chica contesta: “claro, como olvidarte…Jajajaja”

Aquí haría una breve pausa para explicarle a mi abuela el uso excesivo y absolutamente innecesario que se hace del jajaja en cualquier conversación de tonteo. Y esto es así. Es una regla fundamental, si no pones jajajas por encima de tus posibilidades te quedas OUT de la conversación y eliminado del partido. Y nadie quiere que eso pase.





Sigue la conversación. “Qué tal, ya me echas de menos?” Otra frase que tiene que estar incluída en cualquier conversación de tonteo que se precie. Y lo más fascinante y lamentable es que ahí está ella al otro lado, con una sonrisa de oreja a oreja enviando pantallazos a su grupo de amigas acompañados de un “Flipas tía”.

Otro inciso para explicarle a mi abuela lo que es un pantallazo, y su misión de vital importancia para retransmitir información e intercambiar opiniones entre amigas cuando alguna de ellas está sumida en una de estas increíbles conversaciones.

“Bueno, sobrevivo como puedo jajajaja.” Y te das cuenta de que igual lo del abuso del jaja se te está yendo de las manos. Pero ya está enviado. A esperar.

Sería fundamental explicarle a mi abuela que “esperar” en una conversación de tonteo NO es dejar el móvil y ponerte a hacer alguna de esas actividades de la vida real que tan poco interesantes son al lado de nuestras alucinantes conversaciones, no, esperar es salir de whatsapp para que no vaya a pensar el susodicho que estás siempre en línea, y ponerte a jugar a candy crush mientras esperas la nueva notificación.

“Oye, a ver cuando nos vemos, no?” Vale vale vale, la cosa se pone seria. Y aquí tienes dos opciones. Normalmente nos decantamos por la primera, sólo para chicas solicitadas, bordes, difíciles, o las tres a la vez. Hacerte la interesante. Hacerte la interesante no por que él vaya a pensar que lo eres, (No no, por que sabes que estás ahí contestando a su tonteo con tus jajas y tus cambios de foto cada 3 segundos, lo que te destierra absolutamente del bando de chicas interesantes) simplemente lo hacemos para ponérselo difícil, por que leímos en algún blog de amor que así nos valoran más.

Así que contestas con alguna respuesta elaborada entre 40 personas distintas, con la que ni tu misma sabes muy bien lo que quieres decir y ante la que nuestro querido amigo obviamente no va a darse por vencido.

Si mi abuela aún no se ha dormido ni perdido el interés por nuestras infalibles técnicas para meter fichas on-line, le diría que aquí es cuando él insiste con un par de frasecitas más del estilo de “venga, anda, si lo estás deseando”, y ella desiste en su lucha por entrar en el bando de chicas interesantes y acepta.

Entonces quedan, y más de lo mismo, y risita por aquí, risita por allá, y así el tonteo puede prolongarse durante días, meses, o incluso años, e irse volviendo más absurdo a medida que se va ganando confianza.

Pero, para que no perdiera su fe en la juventud, le diría a mi abuela que en el mejor de los casos, de todo esto acaba naciendo una nueva pareja, cuyos miembros suman entre los dos la inteligencia media del mono adulto, a la que problamente le toque admirar dándose el lote en el semáforo de turno mientras se pregunta cómo pudo perderse ella esto del tonteo.