"Not all those who wander are lost."

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viernes, 8 de septiembre de 2017

Cuando pienso

Cuando pienso en el futuro…
Siento miedo, lo primero. 
Miedo de él, de mi, del cómo. 
Miedo del cuándo, del dónde. 
Miedo, al final, del por qué.

Cuando pienso en el futuro, 
otras veces, me relajo. 

Pienso que todo irá bien, 
que no importa el cómo, 
que lo haré despacio. 
Que da igual el dónde, 
que a la mierda los por qués, 
que ya vendrán.

Me imagino una película, 
a veces sin un final. 
O un mal drama, 
O un chiste de los que sólo 
te hacen reír al final.

Me agobio, me inquieto, 
me lleno de ganas, de miedos. 
Cuando pienso en el futuro 
a veces quiero que llegue 
y otras muchas me gustaría 
quedarme aquí para siempre. 

Que todo siguiera igual.

Pero pienso en el futuro 
y detrás de cada duda 
se me asoma cada vez, 
como un reflejo. 

Algo que nunca se mueve. 
Que permanece en los dramas, 
en los finales felices 
y que sigue ahí, sentado, 
cuando terminan los chistes.

Que se queda aquí conmigo, 
algo que nunca se va.

El sonido de una voz, 
susurrándome, tranquila. 
Una risa a carcajadas, 
algún llanto de emoción. 
La mano sobre mi hombro 
que me hace sentir mejor.

Cuando pienso en el futuro 
siempre quedamos los dos. 
Al final de la tormenta, 
en medio de una comedia, 
en una noche de alcohol. 

La ilusión que me acompaña 
mientras me hago mayor.

Cuando pienso en el futuro 
de pronto, todo se apaga. 
Todo me parece negro, 
los días nunca se acaban, 
las noches se hacen eternas.

Y busco a mi al rededor.
Cuando pienso en el futuro,
y ya sólo quedo yo.

Pero entonces los encuentro, 
dos ojos color marrón. 

Que aparecen de la nada,
me levantan, 
y me dicen otra vez, en el futuro, 

que mañana saldrá el sol.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Conectados

Estar conectados. A todos nos gusta, en mayor o menor medida. Y todos, o la mayoría de nosotros como seres sociales que somos coincidimos en que esta es una de las grandes ventajas de haber nacido en la era de la tecnología: podemos estar conectados.

Porque quién sería el bicho raro que no querría vivir expuesto las 24 horas a la opinión de los demás. Quién sería tan bobo de no querer compartir con todos sus contactos (que no amigos) lo que está haciendo en todo momento desde que se levanta hasta que se acuesta.

Y es que teniendo esta oportunidad al alcance de un botón, ¿Quién sería tan tonto como para no aprovecharla?

Siempre he pensado que la mayoría de los avances tecnológicos no buscan otra cosa que reducir el esfuerzo que realizan las personas. O dicho en otras palabras, estamos creando máquinas no sólo capaces de actuar por nosotros si no, y más preocupante, pensar por nosotros.

Y como los seres cada vez más vagos, cada vez más bobos, en los que (me incluyo) nos estamos convirtiendo, simplemente aceptamos este cambio. Aceptamos como normal, e incluso deseable, todos los avances que las nuevas tecnologías y en concreto, las redes sociales, ponen al alcance de nuestra mano (literalmente).

Aceptamos que, cada día más redes sociales se sumen a la moda del “snapchating” a la que la mayoría, si no todos, acabamos sucumbiendo. Y lo hacemos, simplemente, porque podemos. Porque nos lo ponen fácil, y porque, por qué no decirlo, estamos demasiado ocupados como para plantearnos si esto que nos proponen no es, más que un avance, una verdadera idiotez.

Para plantearnos que en vez de facilitarnos la vida nos están animando a realizar publicaciones absurdas que a las 24 horas desaparecen, sin otro fin que enseñarle a todo el mundo todo lo que hacemos desde primera hora del día hasta irnos a la cama (por muy poco interesante que resulte).

Y no sólo eso, nos obligan de una forma a ser partícipes de todo lo que hacen los demás, a caer en la tentación de presionar un globito y poder comprobar que tu tía maria luisa ha terminado de hacer la colada y se dispone a preparar un flan de huevo de cuya existencia no habrías tenido ni idea si no existiera este bendito invento de las redes sociales. Una pena.

Pero lo que me preocupa, y cada día más, es que toda esta parafernalia podría resultar inofensiva si no fuera porque hay gente, mucha gente, que deja de verlo como una simple herramienta de comunicación y empieza a vivir por y para la imagen que los demás tengan de ellos a través de las redes (que casi nunca o pocas veces coincide con la de la vida real).

El problema aparece justamente cuando dejamos de disfrutar los momentos y toda nuestra energía deja de emplearse en exprimirlos al máximo, para pasar a poner todo nuestro empeño en captar la mejor instantánea, grabar el mejor de los vídeos, y asegurarnos de que todos nuestros contactos puedan ver lo bien que lo pasamos, dejando en segundo plano la importancia de si realmente lo estamos pasando bien.

Porque eso qué más da. Y es que, si los demás creen que soy feliz, si doy la imagen de que mi vida es estupenda, ¿Qué importancia tiene que lo sea en realidad?

Así que piénsalo. Piensa cuantos momentos reales te estás perdiendo por crear una vida de mentira, piensa qué sentido tiene dejar de hacer las cosas para ti, para acabar viviendo por y para los demás. Por y para la imagen que les das a través de una pantalla. 


Piensa qué sentido tiene dejar que te arrastre esta corriente, y permitir al final que poco a poco tu vida se convierta en un continuo esfuerzo por no dejar ni un momento de estar, como todos, conectado.


sábado, 14 de enero de 2017

La mayor suerte del mundo

Por fin anochece. Termina el día. Por fin.

Creí que lo estaba pensando, pero lo he dicho en voz alta. Lo he querido susurrar para mis adentros pero, en lugar de quedarse en mi cabeza, no he podido evitar que retumbara en las paredes de mi habitación como un suspiro cargado de rabia y frustración.

Por fin… Ha sido un día largo.

Abro mi portátil dispuesta a distraerme y a olvidar las últimas 24 horas, olvidar por un momento mi mala suerte y cuanto desearía en este instante ser cualquier otra persona…Alguien más afortunado.

Y de pronto, algo me choca. Me golpea como un tren a mil por hora y me deja unos segundos inmóvil frente al portátil. 

Y las veo, sonrientes, iluminando más que un fondo de pantalla. Con su piel envejecida por el tiempo y las desgracias, y su mirada profunda, intensa, sincera, pero sobre todo alegre. Siempre alegre. Alegre y agradecida.

Una foto que llevo viendo durante meses de la que, de pronto, no puedo apartar la vista. 

Tres mujeres. Tres historias. Tres sonrisas que me transportan en segundos a Calcuta, que me ponen la piel de gallina al sentir que estoy ahí, otra vez, con ellas. Sonriéndole de vuelta a sus sonrisas. Empapándome de sus ganas de vivir. Compartiendo un poco de su alegría. 

Esa alegría que mantienen intacta, que ha ganado a miedos, a sufrimiento y a miles de tempestades. Esa alegría que de pronto me hace sentirme ridícula con mis quejas y problemas, que no viene de otra parte que de la más profunda gratitud aún cuando parece que no tuvieran nada que celebrar.

Porque en esos momentos, de ellas aprendí que sí hay algo: siempre hay algo. Algo que pasa desapercibido, que no hace ruido, que no ves si no te paras a mirar. Algo como que estás vivo. Que tienes por delante una vida llena de oportunidades, y que tienes, sobre todo, la esperanza de saber que mañana será un nuevo día. Y que esta es y será siempre la mayor suerte del mundo, pero sólo para aquellos que se paren a apreciarla.

Y eso hicieron ellas, sin saberlo: me enseñaron nada menos que a apreciar, a agradecer, a sentirme, como ellas, profundamente afortunada solamente por el hecho de estar viva. Y puede que ese fuera el mayor regalo que me hicieran, y el más grande que nadie me vaya a hacer.

Vuelvo a abrir mi ordenador. Vuelvo a mirarlas y, sin poderlo controlar, sonrío. Y vuelven a mi mis problemas, se amontonan otra vez en mi cabeza, pero por una razón no puedo contenerme la sonrisa. 


Y es que puede que de pronto, al recordarlas, al mirarlas sonreír, me parezca que no tengo ni un motivo para no devolverles esta noche la mejor de mis sonrisas.




viernes, 30 de diciembre de 2016

Querido impostor

Me dirijo a ti esta noche para decirte algo que puede que te sorprenda. Una conclusión a la que, tras un tiempo de observarte, no me ha quedado más remedio que llegar. Y es que tú no eres un hombre. 

Esa es mi gran conclusión. Aunque por fuera lo parezcas, aunque reconozco que algunas veces, antes de escucharte hablar, incluso yo lo pensaba. Pero tú no eres un hombre.

Lo sé por que he visto muchos. Hombres de verdad, de los que se llaman a sí mismos hombre con orgullo, de los que seguro se avergonzarían de personas como tú.

Porque sé que tú no eres uno de ellos. Y no vayas a pensar que me equivoco, que soy sólo una chica despechada que odia a todos los hombres y que habla por hablar.

Pero no, no te confundas, te conozco. Y más de lo que quisiera. Por desgracia para mi, no han sido pocas las veces que te he escuchado hablar. Referirte a una mujer de maneras que me impiden, aunque quiera, compararte con algo ni parecido a lo que entiendo por un hombre.

Que he tenido que ver, no sin sentir una enorme repulsión que espero que te transmitan mis palabras, cómo tras faltar enormemente al respeto a cualquier chica (que, por si lo olvidas, podría fácilmente ser tu hermana), has hecho un gesto a tus amigos para que todos rieran contigo esa actitud más propia de un chimpancé que de cualquier ser humano. Y he observado, por sorpresa para mí, cómo seguían tu juego por no ser el bicho raro o salirse de la norma. Pues déjame que te diga que ellos, bajo mi punto de vista, no son ni un poco más hombres que tú.

Por eso te repito que lo siento, no lo creo. Tú no puedes ser un hombre. Y es que por más que lo intento, no he logrado verte nunca como alguien que merezca mi respeto. Quizás porque simplemente, nunca, ni una sola vez, te he visto dárselo a una mujer.

Sólo te he visto acomodarte en esa superioridad que piensas que te mereces por decir que eres un hombre, y concederte el derecho de tratar a las mujeres como si no fueran más que juguetes inventados para ti y tu diversión, que al final, después de un rato, puedes deshechar tranquilo e ir a buscar la siguiente. 

Pero ni si quiera eso es lo peor. Creo que son tus palabras, tu forma de opinar, referirte y comentar de las mujeres, tu forma de rebajarlas al nivel de un animal, lo que acaba de confirmar mi teoría de que ningún hombre, ningún hombre de verdad aceptaría escucharte y quedarse indiferente.

Y puede que seas eso, simplemente: un impostor. Que hayas hecho creer a todos que detrás de esa fachada se esconde realmente un hombre. Pero no, yo sé que no. Y sé que tú también lo sabes.

Así que con una enorme pena que sólo supera la vergüenza que me das, me despido deseándote que la vida te trate mejor de lo que mereces y que, acabes donde acabes, nunca nadie desde hoy te confunda por la calle con un hombre de verdad.


viernes, 5 de agosto de 2016

A ti

Aquí estoy otra vez, por fin, sentada frente a ti, y tengo que reconocer que te echaba de menos. Aunque tú no te lo creas, aunque sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine a verte. Pero sabes que no te había olvidado, sabes que he añorado como nadie esa calma que me invade cada vez que me siento a mirarte.

A ti, que me recibes tantas veces enfadada. Que te revelas, te revuelves y te alzas contra todo demostrando que puedes ser y eres, cuando quieres, la más brava.

Pero echaba de menos sobre todo verte en calma. Ver cómo te meces relajada, como vas y vienes y susurras cosas que sólo se escuchan cerrando los ojos y dejándose acariciar por el mismo viento que te acerca con cuidado hasta la orilla, aunque tú después te empeñes en alejarte de nuevo.

Porque te echaba de menos así, como echas de menos al sol cuando se esconde a tu espalda, o a la última gaviota que antes de que acabe el día se posa sobre tu agua mientras le das de comer.

Y echaba de menos tu olor, tu brillo infinito, tu brisa cargada de sal que riza un poco más mi pelo y tiñe de oscuro mi piel cada vez que estoy contigo, mojándome en ti y observándote enredada en el enigma de poder ver dónde empiezas pero nunca donde acabas.

Y es que eres y serás siempre un misterio, el más bonito de todos, uno que me ata, me atrapa y me atrae para siempre hacia su orilla. Porque eres confidente, compañera y a veces, cuando la tormenta llega, decides ser enemiga. Pero sobre todo eres refugio de los que viven en ti, y la mejor vía de escape para los que, como yo, te tienen lejos pero nunca, aunque quisieran, podrían dejar de venir a contemplarte.

COSMIGONóN:


viernes, 1 de julio de 2016

Las despedidas



Si hay algo que odio por encima de todas las cosas, más que los domingos por la noche y los anuncios en la radio, son las despedidas.

Odio decir adiós. Y lo odio porque odio echar de menos. Odio esa sensación de vacío que te inunda cuando te toca despedirte de las personas que quieres. Despedirte de personas sabiendo, a veces, que no volverás a verlas. O sí, pero siendo consciente de que durante un periodo de tiempo más o menos largo, las vas a echar de menos.

Que te van a faltar, que estás obligado a vivir una temporada sin ellas a tu lado. Y es que a veces parece imposible, es tan fácil acostumbrarte a estar constantemente rodeado de las personas que quieres que ni te planteas que, en algún momento te va a tocar sobrevivir sin su compañía.

Pero llega ese momento, siempre llega. El momento de decir adiós. Y es que dicen los mayores que nunca somos conscientes de todo lo que tenemos hasta que lo perdemos, y no pueden tener más razón. Porque es ahí, en ese preciso instante en el que nos toca prescindir de una persona, cuando nos damos cuenta de lo muchísimo que completa nuestra vida y toda la falta que nos hace a nuestro lado.


Por eso, aunque odie las despedidas y siempre las vaya a odiar, puede que en realidad sean necesarias. Puede que nos ayuden a visualizar como sería nuestra vida si no tuviéramos a las personas que queremos a nuestro al rededor, y puede, también, que esto nos haga pararnos un segundo, darnos cuenta de lo enormemente afortunados que somos por poder contar con ellas, y dar simplemente gracias por tenerlas.

jueves, 16 de junio de 2016

También esto pasará


“Había un cuento sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones posibles. Tras meses de deliberaciones, los sabios se presentaron ante el emperador con una propuesta: «También esto pasará.» […] (Prólogo de la novela También esto pasará, de M. Busquets)

Leyendo este micro cuento en el prólogo de un gran libro, me doy cuenta una vez más de todo el poder que tiene la que ya era desde hace mucho mi frase favorita.

También esto pasará.

Y es que en las malas situaciones, cuando vivimos épocas de tristeza, angustia, cuando parece que todo se desmorona, siempre es fácil recurrir a la idea de que “no hay mal que dure cien años.” Pasará, esto también. Seguro que pasará.

Pero como bien descubrieron los sabios del emperador, puede que esta sea una frase para absolutamente todas las situaciones de la vida. Puede que en las épocas buenas también sea necesario poner los pies en la tierra y la mirada en el cielo para reconocer que sí: vendrán momentos peores.

Y disfrutar. Ser conscientes a cada minuto de que, aunque nos gustaría, es imposible que todo vaya bien eternamente. Así que tenemos la obligación de agarrarnos a todos los momentos felices como clavos ardiendo, y repetirnos otra vez que no durarán para siempre. Repetirnos que también pasarán, y exprimirlos con todas nuestras fuerzas. Aprender a disfrutar de cada momento alegre, cada buena noticia, cada día de sol.

Por que pasará. Y vendrán las nubes, y es entonces cuando desearemos retroceder en el tiempo, viajar a esos buenos momentos que nos arrepentimos de no haber disfrutado al máximo cuando pudimos.


Así que cada mañana, si te sonríe la vida recuerda devolverle la sonrisa por si mañana al viento le da por soplar en contra. Y el día que te levantes y ya no veas su sonrisa, ese día que sientas que te faltan los motivos para salir de la cama, aquí tienes el primero: también esto pasará.