"Not all those who wander are lost."

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miércoles, 22 de febrero de 2017

Conectados

Estar conectados. A todos nos gusta, en mayor o menor medida. Y todos, o la mayoría de nosotros como seres sociales que somos coincidimos en que esta es una de las grandes ventajas de haber nacido en la era de la tecnología: podemos estar conectados.

Porque quién sería el bicho raro que no querría vivir expuesto las 24 horas a la opinión de los demás. Quién sería tan bobo de no querer compartir con todos sus contactos (que no amigos) lo que está haciendo en todo momento desde que se levanta hasta que se acuesta.

Y es que teniendo esta oportunidad al alcance de un botón, ¿Quién sería tan tonto como para no aprovecharla?

Siempre he pensado que la mayoría de los avances tecnológicos no buscan otra cosa que reducir el esfuerzo que realizan las personas. O dicho en otras palabras, estamos creando máquinas no sólo capaces de actuar por nosotros si no, y más preocupante, pensar por nosotros.

Y como los seres cada vez más vagos, cada vez más bobos, en los que (me incluyo) nos estamos convirtiendo, simplemente aceptamos este cambio. Aceptamos como normal, e incluso deseable, todos los avances que las nuevas tecnologías y en concreto, las redes sociales, ponen al alcance de nuestra mano (literalmente).

Aceptamos que, cada día más redes sociales se sumen a la moda del “snapchating” a la que la mayoría, si no todos, acabamos sucumbiendo. Y lo hacemos, simplemente, porque podemos. Porque nos lo ponen fácil, y porque, por qué no decirlo, estamos demasiado ocupados como para plantearnos si esto que nos proponen no es, más que un avance, una verdadera idiotez.

Para plantearnos que en vez de facilitarnos la vida nos están animando a realizar publicaciones absurdas que a las 24 horas desaparecen, sin otro fin que enseñarle a todo el mundo todo lo que hacemos desde primera hora del día hasta irnos a la cama (por muy poco interesante que resulte).

Y no sólo eso, nos obligan de una forma a ser partícipes de todo lo que hacen los demás, a caer en la tentación de presionar un globito y poder comprobar que tu tía maria luisa ha terminado de hacer la colada y se dispone a preparar un flan de huevo de cuya existencia no habrías tenido ni idea si no existiera este bendito invento de las redes sociales. Una pena.

Pero lo que me preocupa, y cada día más, es que toda esta parafernalia podría resultar inofensiva si no fuera porque hay gente, mucha gente, que deja de verlo como una simple herramienta de comunicación y empieza a vivir por y para la imagen que los demás tengan de ellos a través de las redes (que casi nunca o pocas veces coincide con la de la vida real).

El problema aparece justamente cuando dejamos de disfrutar los momentos y toda nuestra energía deja de emplearse en exprimirlos al máximo, para pasar a poner todo nuestro empeño en captar la mejor instantánea, grabar el mejor de los vídeos, y asegurarnos de que todos nuestros contactos puedan ver lo bien que lo pasamos, dejando en segundo plano la importancia de si realmente lo estamos pasando bien.

Porque eso qué más da. Y es que, si los demás creen que soy feliz, si doy la imagen de que mi vida es estupenda, ¿Qué importancia tiene que lo sea en realidad?

Así que piénsalo. Piensa cuantos momentos reales te estás perdiendo por crear una vida de mentira, piensa qué sentido tiene dejar de hacer las cosas para ti, para acabar viviendo por y para los demás. Por y para la imagen que les das a través de una pantalla. 


Piensa qué sentido tiene dejar que te arrastre esta corriente, y permitir al final que poco a poco tu vida se convierta en un continuo esfuerzo por no dejar ni un momento de estar, como todos, conectado.


sábado, 14 de enero de 2017

La mayor suerte del mundo

Por fin anochece. Termina el día. Por fin.

Creí que lo estaba pensando, pero lo he dicho en voz alta. Lo he querido susurrar para mis adentros pero, en lugar de quedarse en mi cabeza, no he podido evitar que retumbara en las paredes de mi habitación como un suspiro cargado de rabia y frustración.

Por fin… Ha sido un día largo.

Abro mi portátil dispuesta a distraerme y a olvidar las últimas 24 horas, olvidar por un momento mi mala suerte y cuanto desearía en este instante ser cualquier otra persona…Alguien más afortunado.

Y de pronto, algo me choca. Me golpea como un tren a mil por hora y me deja unos segundos inmóvil frente al portátil. 

Y las veo, sonrientes, iluminando más que un fondo de pantalla. Con su piel envejecida por el tiempo y las desgracias, y su mirada profunda, intensa, sincera, pero sobre todo alegre. Siempre alegre. Alegre y agradecida.

Una foto que llevo viendo durante meses de la que, de pronto, no puedo apartar la vista. 

Tres mujeres. Tres historias. Tres sonrisas que me transportan en segundos a Calcuta, que me ponen la piel de gallina al sentir que estoy ahí, otra vez, con ellas. Sonriéndole de vuelta a sus sonrisas. Empapándome de sus ganas de vivir. Compartiendo un poco de su alegría. 

Esa alegría que mantienen intacta, que ha ganado a miedos, a sufrimiento y a miles de tempestades. Esa alegría que de pronto me hace sentirme ridícula con mis quejas y problemas, que no viene de otra parte que de la más profunda gratitud aún cuando parece que no tuvieran nada que celebrar.

Porque en esos momentos, de ellas aprendí que sí hay algo: siempre hay algo. Algo que pasa desapercibido, que no hace ruido, que no ves si no te paras a mirar. Algo como que estás vivo. Que tienes por delante una vida llena de oportunidades, y que tienes, sobre todo, la esperanza de saber que mañana será un nuevo día. Y que esta es y será siempre la mayor suerte del mundo, pero sólo para aquellos que se paren a apreciarla.

Y eso hicieron ellas, sin saberlo: me enseñaron nada menos que a apreciar, a agradecer, a sentirme, como ellas, profundamente afortunada solamente por el hecho de estar viva. Y puede que ese fuera el mayor regalo que me hicieran, y el más grande que nadie me vaya a hacer.

Vuelvo a abrir mi ordenador. Vuelvo a mirarlas y, sin poderlo controlar, sonrío. Y vuelven a mi mis problemas, se amontonan otra vez en mi cabeza, pero por una razón no puedo contenerme la sonrisa. 


Y es que puede que de pronto, al recordarlas, al mirarlas sonreír, me parezca que no tengo ni un motivo para no devolverles esta noche la mejor de mis sonrisas.