"Not all those who wander are lost."

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martes, 8 de abril de 2014

A golpe de martillo

Que un clavo saca otro clavo. Podría contar cuantas veces a lo largo de mi vida he oído esta frase en boca de las personas que me quieren. Por que nos ven sufrir y recurren a este tipo de expresiones con la certeza de que seguramente no las escuchemos y, la duda de si realmente escucharlas nos proporcionará algún tipo de ayuda. Pero casi nunca es así.

Y esta es una de esas frases, sin duda una de mis favoritas. Que un clavo saca otro clavo.



La verdad es que no les culpo, por que me doy cuenta de lo fácil que es decirlo. Es más, seguramente más de una vez yo también haya recurrido a ella para intentar consolar a alguna amiga cuando se encontraba en esa etapa del ni me olvido ni quiero olvidarme. 

Pero es cuando la disparan contra ti cuando realmente te paras a pensar en lo absurdo de su significado.

Y es que hay varias cosas que no me quedan claras.

La primera y fundamental es que encuentro injusto el hecho de darle al clavo el privilegio de permanecer en nuestra vida hasta que consigamos reemplazarle. Injusto para nosotros y también para el clavo nuevo, que casi nunca se merece que lo utilicemos como herramienta para sacar de nuestra vida algo que tendríamos que habernos ocupado de hacer desaparecer nosotros mismos.

Y no digo que sea fácil deshacernos del clavo, y puede que nunca lo haya sido y nunca vaya a serlo. Y menos cuando ha entrado en nuestra vida a golpe de martillo. 






Lo que digo es que el clavo, por mucho que nos empeñemos, casi nunca es fundamental en nuestra vida, y la clave muchas veces está en ser capaces de darnos cuenta de que es hora de dejar ese espacio libre, no porque necesitemos reemplazarlo si no, simplemente, por que es un clavo que ya ni queremos ni necesitamos llevar con nosotros.

Otra cosa que no entiendo es el hecho de pensar que reemplazar aquello que nos ha hecho daño, va a hacernos superar este dolor. Porque por mucho clavo que utilicemos para sacar otros, la marca que nos hizo el primero nunca desaparece. Y no sólo no desaparece si no que se va haciendo más y más grande hasta que, un día, al clavo número 20, nos damos cuenta de que ahí no estaba la cura que necesitábamos.

Y esque puede que buscar otro clavo no sea la solución. Puede que necesitemos afrontar que hay clavos que nos marcan y que siempre los habrá, y que a lo mejor la única solución está, en realidad, en ser capaces de curar nuestras propias heridas antes de llegar a estar preparados para volver a enfrentarnos a una caja de herramientas.