El porqué de las cosas que nadie entiende.

Cuando tenía 10 años, mi madre me regaló una de esas “enciclopedias divertidas para niños” que tanto aborrecía cada cumpleaños. No me molesté ni en analizar la portada, lo aparté mirándola con un desafiante “no, esta tampoco voy a leérmela” y me dirigí a abrir el resto de regalos. 

Días después, apareció entre papel de regalo en el suelo de mi cuarto. Ya estaba dispuesta a dejarla en un lugar privilegiado de la estantería de los libros que nunca leo, cuando me fijé en el título.

Lo leí un par de veces mientras se dibujaba una sonrisa en mi cara que predecía que aquel libro tenía algo que me iba a gustar. Un título que, sin duda, marcó un antes y después en la historia de las enciclopedias divertidas: EL POR QUÉ DE LAS COSAS.

Pasé la tarde embobada entre sus páginas, haciendo descubrimientos increíbles que me llevaban cada dos minutos al cuarto de mi hermana pronunciando un orgulloso: ¿pues sabías que….?

Y ahí empezó todo. Se convirtió en un esencial en mis maletas, mochilas, noches de lectura y alguna que otra sala de espera.

A cada página que pasaba me sentía un poco más sabia. Al principio iba leyendo ordenadamente, de capítulo en capítulo, apuntando en una libreta todo aquello que pudiera impresionar a mis amigas, sin mencionarles, por supuesto, que mi repentina sabiduría procedía de una enciclopedia infantil.



Pronto cambió mi forma de leerla. Dejé de ir por orden, y empecé a usar una nueva técnica. Consistía en plantearme una pregunta, ir al índice, comprobar que mi libro contenía una respuesta para ella perfectamente explicada, y proceder a leérmela. Me gustaba esta forma de leer por que casi siempre, si no siempre, encontraba entre sus páginas las respuestas a mis múltiples preguntas. Y así descubrí por qué los pájaros cantan, por qué soñamos cuando dormimos, o de dónde salen las olas del mar (Una de mis respuestas favoritas que explicaba algo sobre los estornudos de las ballenas y cómo éstos hacen que se mueva el agua.)

Pero pronto dejó de interesarme. Y no dejo de interesarme como dejan de interesar los juguetes viejos con los que ya hemos jugado, o la ropa que ya nos hemos puesto muchas veces.

Empezó a dejar de interesarme cuando mis preguntas dejaron de encontrar su respuesta entre sus páginas.

Y es que, poco a poco, el por qué de las cosas, fue adquiriendo un sentido completamente distinto en mi vida. Ya no me parecía fundamental conocer el significado de cada bandera, el origen de mis costumbres, o las historias sobre ballenas.


Podría decirse que la vida fue cambiando mis preguntas pero no me cambió el manual, y mi viejo amigo EL POR QUÉ DE LAS COSAS se convirtió en un libro más cogiendo polvo en la estantería.

Pero decidí buscar. Buscar un nuevo manual que me pusiera las cosas igual de fáciles, en el que sólo tuviera que buscar un poco para solucionar cualquier duda que me asaltara.

Y sí, encontré manuales. Manuales para “adultos”, que me ofrecían recetas de cocina, lecciones de bricolaje, o tutoriales para aprender a tocar instrumentos que ni conocía. Muchas preguntas resueltas en muchos libros de respuestas, pero ninguno contenía las que yo me empeñaba en encontrar.

Ningún libro me explicaba por qué nos decepciona la gente en la que más confiamos, por qué a veces cuesta tanto perdonar, o por qué tenemos que decir adiós a nuestros seres queridos.

Así que decidí crear mi propio manual. Una especie de instrucciones para vivir, que me permitieran entender el por qué de cada giro inesperado, de cada decepción y de cada golpe que me diera la vida, para poder estar siempre preparada y protegida por una especie de escudo ante las adversidades

Y pensé en todas mis preguntas, en todo aquello que quería dejar perfectamente analizado y explicado en mi manual. Pero ocurrió que no encontré las respuestas que buscaba. Y pregunté, y busqué en los demás, y en mi misma, y observé y analicé todas las cosas que no entendía, y tras darles muchas vueltas llegué a la conclusión de que, la mayoría de preguntas que me hacía, no tenían ni iban a tener nunca una respuesta.

Así que tuve que asumir que los manuales quedaron atrás con los dientes de leche, y que si iba a seguir haciéndome preguntas me arriesgaba a seguir fracasando en mi búsqueda de respuestas. Y decidí seguir con mi vida, esquivando los baches esquivables y cayéndome de boca en los que no ofrecían una posible escapatoria. Pero un día leí algo que me hizo pensar.

Vi escrito en algún sitio la siguiente frase: “Si no encuentras respuestas, lo mejor es que dejes de hacerte preguntas.”

Y tras mucho analizarla me doy cuenta de que me niego a vivir así. En parte por que nunca he sido muy de conformarme y en parte por que eso de “vivir deprisa para no pensar” no va conmigo. Y es que puede que prefiera vivir despacio y pensando mucho, puede que me guste analizar cada situación que se me presenta aunque muchas veces salga mal parada de las batallas que suelo emprender contra mi misma en busca de respuestas y puede, también, que me haya acostumbrado a vivir haciéndome preguntas.



Así que suelo ir por la calle con los ojos bien abiertos, el manual preparado, y la seguridad de que, sean cuales sean las respuestas que buscamos, el primer paso para encontrarlas es no dejar nunca de hacernos preguntas. 

Comentarios

  1. "¿Por qué no me gusta el corto de mi hermana?" Una nueva pregunta para tu colección. Pues a mí tu blog sí me gusta, ¿eh?, me encanta <3

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